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domingo, 5 de julio de 2020


A MI ABUELITA LA OPERÓ JOSÉ GREGORIO
La Ectoplasma praxia
De cómo el beato José Gregorio Hernández operó a mi abuela


            El 19 de junio del año 2020 el Papa Francisco declaró que se iniciaba el proceso de beatificación del médico venezolano José Gregorio Hernández Cisneros, quien cumplió 71 años en este proceso canónico. La iglesia suele tomarse su tiempo para declarar santa a una persona. Alguna vez oí cuando era niño que rezarle a José Gregorio era pecado porque él aún no había llegado a los altares, sin embargo, las filas de penitentes y necesitados que acudían en masa donde la “señora” en busca de alivio rápido y barato, parecía no importar, pues eran muchos quienes testimoniaban que el ciervo de Dios había ido en persona y había hecho una operación a fulano o sutano.  Confieso que todas esas cosas me parecían de brujerías absurdas y creencias de gente que de alguna manera frenaba su carrera a los altares, sin embargo, los invito a leer esta historia de la vida real que le pasó a este escritor cuando ya usaba pantalones largos, pero no usaba aún maquinilla de afeitar.
            Imagínense ustedes que yo era un niño de unos diez años quien acabada de hacer la primera comunión y que se sentía orgulloso de llevar en el alma la presencia de Jesús y que de pronto oye sin proponérselo, una conversación que a mis oídos sonaba bastante extraña.
—El hermano Gregorio le hace el milagro su mamá doña Márgara. —dijo la vecina a Margarita, mi madre adoptiva.
— ¿Será cierto eso Doña Estercita?
—Si señora, el hermano viene y hace la operación. —aseguró doña Estercita con mucha seriedad.
Yo pensaba que vendría un médico a operar a la abuelita en nuestra casa, cosa poco común, pues hasta donde entendía, las operaciones se hacían en un hospital. Mi abuelita tenía una protuberancia carnosa en la parte posterior de la cabeza desde hacía muchos años y que le incomodaba mucho para poder dormir. A la abuela la habían llevado a cuanto médico y especialista había en Pereira, Manizales, Medellín, Cali y Armenia sin que ninguno de ellos supiera cómo operar o cómo tratar el tumor, aún con las radiografías que le tomaron y que mostraban un enraizamiento nervioso conectado con el cráneo. Recuerdo a un doctor mayor que una vez fue a la casa con una especie de lámpara de rayos infrarrojos y que estuvo radiando a mi abuela y lo único que consiguió fue tumbarle el escaso cabello que tenía. La familia estaba desesperada porque no se encontraba solución para quitar el tumor.
Una tarde no muy lejana a la conversación, mi madre, mi abuela y yo, nos fuimos en taxi al barrio popular donde según decían, habitaba una médium que tenía comunicación directa con el siervo de Dios José Gregorio Hernández Cisneros y que hacía increíbles cirugías fantasmales. ¡Jesús!... era para reírse o para llorar porque las cosas del otro mundo pueden despertar esos dos sentimientos. Llegamos a una casa ruinosa en cuyo frente se aglomeraban una buena cantidad de personas que curiosas intentaban asomarse por las ventanitas de la fachada. Nos bajamos del taxi y una mujer de edad no muy avanzada se acercó a mi madre y le dijo.
—Buenos días… Usted es doña María Piedrahíta viuda de Ruiz ¿cierto?
—Si señora. —contestó mi abuela.
—Venga por aquí misiá, que la doña la está esperando.
Seguimos a la señora por entre las gentes que rodeaban la casa y entramos por una puertecita disimulada en lo que parecía ser el patio trasero de la humilde construcción. Adentro en la semi penumbra un olor indescriptible a sancocho y mugre revuelta imperaba y ese olor casi parecía tener una corporeidad flotante que me abrazaba invadiendo mi nariz causándome algo de nauseas. La señora caminaba deprisa y de pronto, como por arte de magia, nos entró a una salita llena de alfombras y gobelinos donde se alineaban varios cuadros del médico venezolano en los que se le representaba con vestido de traje negro, bata blanca de cirujano y rodeado de angelitos y nubes rosáceas que subrayaban su beatitud. Sin embargo, en un costado de la salita de espera, había un tétrico cuadro de la muerte representada por un esqueleto que se disputaba con un médico la vida de una paciente que abrazaba al galeno mientras el esqueleto luchaba por llevársela. Nunca he olvidado tan espantosa ilustración.
La puerta se abrió y una voz femenina, agradable y clara, nos invitó a entrar.
—Siga doña María… pueden entrar los tres.
Una lámpara arrojaba una engañosa luz rosada sobre las viejas paredes de bahareque rebozadas de rosarios y viejos escapularios en los que resaltaban algunos cuadros del santo curandero. La mujer que estaba sentada detrás de una mesita de madera ordinaria era extraordinariamente hermosa, con una belleza casi imposible; de esas que cortan el aliento.
Se fijó en mí.
—Este niño tiene problemas estomacales. No le den más chicharrón…pero ustedes no vienen por el niño. Vienen por la señora María. Vengan… siéntense y me van respondiendo a lo que el hermano les va a preguntar.
La hermosa mujer tenía unos ojos verdes como las esmeraldas de Muzo o Chivor. Su pelo negro era como un pozo de tinta china y su voz parecía tener tonos de cristal que nos hipnotizaban mientras hablaba con las palabras del hermano José Gregorio. La médium de cuyo nombre no puedo acordarme hablaba mientras iba moviendo un vasito de los que se usan para servir aguardiente en una ouija hecha artesanalmente que más parecía una bandeja para licores. La hermosa médium dijo con voz solemne que mi madre debía comprar sábanas nuevas completamente blancas, un camisón blanco sin adornos, tijeras nuevas, una bolsa de algodón, un frasco de mertiolate y vaso de cristal sin dibujos ni adornos. La abuelita debía acostarse sola en su habitación con su camisón nuevo y la cama debía vestirse con las sábanas que fueron adquiridas en un almacén de artículos para el hogar. Sobre la mesita de noche se pondría el algodón, el vaso con agua hervida, las tijeras nuevas y el frasquito de mertiolate.
Mi abuela se encerró con los elementos indicados y todos nos fuimos a dormir. No concilié el sueño con facilidad pues me imaginaba a José Gregorio caminando por la casa, pero los parpados se me cerraron del cansancio. Oí como entre sueños, que la abuelita llamaba a la familia con voz angustiada y escuché las carreras y susurros de mi familia que acudía en tromba a los llamados de auxilio. Llegué de último y observé la sangre sobre la almohada. Gruesos goterones de sangre “periférico-gravitacionales” como dirían hoy los de la serie CSI, habían manchado la pared. El frasco de mertiolate estaba vacío y la bolsa de algodón había sido usada completamente, pues en el suelo y en la cama se veían bolas llenas de sangre y mertiolate que se habían usado para el procedimiento sobrenatural, sin embargo, lo más increíble estaba por verse. En el vaso de cristal flotaba como un pequeño monstruo de laboratorio, el tumor de mi abuela. En su cabeza había una herida limpia en el lugar donde había estado la carnosidad que tanto la había atormentado por años.
Soy un hombre mayor que cree en Dios y en la Virgen María, pues a mi me consagraron a la aparición de Fátima. No soy científico, ni me he dedicado a descubrir los grandes secretos de la humanidad, pero cómo explico eso; qué pasó en mi hogar hace ya tanto años. Yo lo vi, lo oí, lo olí y toqué el vaso con su contenido. Es decir, ¿cómo pasó? ¿De verdad vino el hermano José Gregorio Hernández Cisneros, medico venezolano, y de manera espiritual fantasmal o ectoplasmática hizo una cirugía en la cabeza de mi abuela para extirpar el tumor y dejó el exceso de tejido en un vaso?... ¿Ah?... Yo sinceramente no creo que mi abuelita haya sido capaz de operarse ella misma. Nunca más nadie en mi casa hablo de ello porque no tenía presentación que se hubiera acudido a un médico muerto para sanar a la abuela.
—Es que vino el hermanito José Gregorio y le hizo el milagro a mi mamá. Era lo que se respondía cuando alguien preguntaba.
Mi padre no decía nada, pero también lo veía “cabizmundo y meditabajo”, por favor tradúzcalo como cabizbajo y meditabundo porque cuando era niño solía poner las palabras al revés. Nunca escuché de él una opinión tal que me diera luces sobre el fenómeno, y a los imprudentes que nunca faltan, cuando preguntaban por el chichón de mi abuela la respuesta de mi familia era:
—Es que ya la operaron.
Yaxuri Solórzano ya tiene trece años y ha sido curada por el beato José Gregorio Hernández Cisneros. 71 años después de la trágica muerte del médico venezolano, se propone que suba a los altares de la iglesia católica como un hombre santo digno de ser puesto como ejemplo de la bondad, el amor y la piedad.  La causa de beatificación se demoró todo ese tiempo porque la iglesia consideró durante muchos años que la veneración exagerada y la vinculación de su nombre a rituales de brujerías y santerías, opacaban las investigaciones serias que la iglesia adelantaba frente a los milagros, sin embargo, yo fui testigo de uno de esos extraños milagros que tal vez atrasaron su llegada a los altares.
 El caso de Yaxuri es el más reciente y uno de los que más documentación ha tenido: En 2017, la niña recibió un impacto de bala cuando quedó atrapada entre los fuegos de un asalto en su barrio. Los médicos terrenales pocas esperanzas dieron a la familia de la niña quien contaba con diez años y que fuera sometida a una operación de la que difícilmente se recuperaría. La familia llena de fe y esperanza, encomendó la vida de su pequeña a las manos milagrosas del siervo de Dios, José Gregorio Hernández Cisneros. La ciencia tuvo que aceptar que allí hubo un extraño fenómeno; la niña por encima de todo pronóstico se salvó y puede caminar, hablar, ver, pensar y sonreír.
Esta crónica fue escrita en julio de 2020, año de la pandemia causada por el Covid 19, y por esa razón,  no hubo fiestas, ni aglomeraciones cuando el Papa anunció que iniciaba la causa beatificatoria del doctor José Gregorio Hernández Cisneros. La gente en Venezuela celebró en sus casas con misas y rosarios transmitidos por plataformas de internet y espero que para el primer semestre de 2021 pueda asistir, aunque sea por televisión, a la ceremonia de santificación de ese hombre increíble que sé, una vez estuvo en mi casa e hizo un milagro que aún hoy no he podido entender.
Ver para creer.

JOSÉ FERNANDO RUIZ PIEDRAHÍTA
Comunicador Social y Periodista
Escríbame a: mirollodecine@gmail.com



martes, 5 de mayo de 2020


LA SÁBANA BLANCA
Por José Fernando Ruiz Piedrahíta
           

Las vacaciones venían pronto. Las sentíamos cuando faltando un mes, el ansia aumentaba y los compañeritos de clase contaban sus planes increíbles.
—Apenas salgamos de clase, mis papis me van a llevar a Miami —decía Pulido quien era el más pinchado y rico del salón.
—Yo me voy para la costa donde unos primos y me voy a bañar en el mar hasta que me salgan aletas —aseguraba con cierto brillo en los ojos.
Todos contaban sus planes vacacionales con cierto orgullo y con la esperanza de abandonar los libros en el armario, aunque fuera por un mes. Pero yo… no tenía planes. Podría decir que temía la llegada de las vacaciones.  Hay que entender que por esos años no existían los hoteles agro-campestres, nadie hablaba de ecología ni de como preservar la naturaleza. La finca de mis primos era una finca cafetera de largos corredores enchambranados, con piso de madera encerado, habitaciones que se comunicaban por un laberinto de puertas que permitían ir de un extremo a otro de la enorme casa que carecía de servicio de energía eléctrica. Lo más terrible era esperar la llegada de la noche para alumbrarse con velas de cebo. No, yo no quería ir otra vez a la finca de los tíos en la Antioquia profunda y campesina. Yo quería conocer el mar, pero a mi padre no le interesaba. Así que llegó el temido momento de abordar la flota para irnos a la finca de los tíos y de los primos que no iban a la escuela porque les parecía que era bobada eso de saber leer y escribir.
Ayyy Bendito… Después de varias horas en el bus, tenían que pasar otras dos horas en un incómodo Willys por caminos destapados donde se veían profundos abismos. Y llegamos en medio del mosquero y zancudero producido por las aguas contaminadas por el café que acababan de despulpar y la fetidez que siempre recodaré. Iba con mi madre que estaba de acuerdo en que el niño debía alejarse de los deberes escolares y untarse un poco de la vida al aire libre. Pero a mí me daba miedo el aire libre, el campo y mis primos… qué iba a hacer sino resignarme a la suerte de mis vacaciones de mitad de año.  Por lo pronto ya nos bajábamos en la entrada de la finca. Los primos estaban más grandes que el año anterior y más silvestres que nunca con su hablado recio.
—Oigan llegó el niño de la ciudad —gritaban mientras corrían a mi alrededor y pedían los regalos que traíamos para ellos.
Lo más tormentoso de la estadía allí era el uso del baño. Orinar era una tortura espantosa porque el caserón no tenía sanitarios en su interior. Había que ir una caseta a cincuenta metros donde se hacía toda aquella labor en un agujero que daba a un riachuelo. Ni siquiera voy a mencionar los usos higiénicos que se estilaban por aquellas regiones. Así que esa primera noche le pedí a mi madre que me acompañara a la chambrana del corredor que daba al patio trasero para vaciar la vejiga. Alumbrados por la luz mortecina de una vela de cebo me acompañó a miccionar por entre la chambrana apuntando al patio de tierra. Entonces vimos al ternero que bajaba por el camino mal iluminado en la noche de luna. Un ternero vagando en la noche por esos abismos no tenía mucha oportunidad de vivir.
—Ayyy mira el ternerito se va a caer por el precipicio… Hay que avisarle a Aníbal para que lo entre al corral—Dije sintiendo pesar por el animalito
—Si niño… termine pues y vamos a avisarle —Dijo mi madre.
El animalito llegó a donde estábamos y casi le mojé la testa con el último chorrito que quedaba y de manera inexplicable el ternerito pareció crecer, engordarse y salir volando convertido en una sábana blanca que llegó al techo de la casona. Mi madre me agarró como pudo y yo salí casi en volandas con el pequeño instrumento afuera del pantaloncito corto. Arriba la sábana reía con carcajadas estridentes que pronto despertaron a todos los familiares y peones. Unos salieron en paños menores armados de machetes, azadones y viejas escopetas. Mi madre me entró al cuarto donde la oscuridad era absoluta, pero oía con claridad que eso estaba arriba desacomodando tejas con lo que parecían ser fuertes garras o pezuñas y por supuesto no dejaba de reír a pesar de las detonaciones de las escopetas. La cosa levantó vuelo, pues oía el batir de grandes alas en medio de la oscuridad. Llorando suplique:
—Mamá… quero irme a la casa para poder ver televisión y usar el baño con papel higiénico.
Mi madre comprendió y aunque esa noche no pudimos dormir, al otro día nos fuimos bien temprano sin hacer caso a las explicaciones de los tíos y a pesar de las risas de los primos.


CATARSIS
Para sacar el demonio que tengo dentro
José Fernando Ruiz Piedrahíta


            Los demonios que llevamos dentro hay que sacarlos como sea. Algunos golpean una pared, un saco de arena, lloran a pulmón herido o ahogan sus penas en un bar como la canción de Billy Pontoni. Yo necesito sacar un pequeño demonio que llevo dentro hace muchos años y lo voy a compartir con ustedes.
            Era el año 1992. Hagan cuentas, hace 28 años. Era feliz escribiendo cuentos, crónicas y pequeñas novelas de ficción, fantasía y supuestas leyendas sobre entes surgidos de la noche y de los profundos misterios de aquellas conversaciones oídas de labios de mi abuela.  Escribía sobre mundos inexistentes y maravillosos donde no existía la enfermedad, el hambre o la infelicidad. Era feliz pensando que algún día podría publicar tales escritos para goce de la humanidad tan agobiada y doliente. Creía que podía escribir acerca de vidas esplendorosas y divertidas mientras con mucha agilidad golpeaba las pesadas teclas de la máquina de escribir que producía un delicioso ruido con cada golpe sobre el papel; era música para mí. Un día llegó a mis manos una convocatoria para concursar presentando una novela de ficción. Envié un escrito que abordaba la temática de un mundo post apocalíptico en el que la raza humana había perdido su lucha contra una enfermedad y que de manera extraña había realizado cambios en el mundo animal, pues nuestros compañeros de vida irracionales habían recibido el don de la inteligencia gracias al virus mutante. (Bendito aquel o aquella que dijo: La fantasía no necesita explicación)
Mi novela de ciencia ficción pura y dura, llegó a manos de los jurados después de pasar por todas las exigencias de la convocatoria y yo estaba feliz de haber compartido un escrito tan especial. Pasaron las semanas y un día me llamaron por el teléfono fijo para que me pasara por la biblioteca pública a recoger el veredicto del jurado. El corazón me palpitaba enloquecido dentro del pecho. Llegué a la recepción del templo del saber y recibí una carta en la que constaba que mi gran novela había sido revisada, registrada y…rechazada. Tenía notas de cada uno de los jurados. Leí temblando los dos primeros conceptos que me aterrizaron a la realidad, pues aducían muy sabiamente que la novelita tenía muchos errores de redacción, gramática y ortografía, pero que aun así era interesante. Uno de ellos alcanzó a poner la palabra ingeniosa a modo de pequeño aporte al novel escritor.
El tercer jurado si me mató.
Sí. Me mató abruptamente.
Puso que mi escrito ni siquiera era un asomo a novela, que era una especie de bazofia de palabras sin sentido sobre un tema ridículo e inverosímil, pues según él, en Colombia no se podía escribir sobre fantasías y mucho menos sobre hecatombes apocalípticas donde la raza humana salía perdiendo su entereza. Decía el malhadado jurado, que en Colombia era mejor escribir sobre la violencia bipartidista, sobre los crueles asesinatos generados en la guerra de los mil días, sobre cómo los poderosos se estaban robando el país, sobre los narcotraficantes, las familias olvidadas, la pobreza de una nación que no resiste vampiros, alienígenas y exterminios absolutos. Quedé de una pieza. Las piernas me temblaban y el corazón me dio un vuelco en el pecho y he de confesar, que me senté solito en medio del parque Olaya Herrera a llorar en silencio. La ira que esas palabras sembraron en mi alma, aún la siento. Según el tercer jurado, habíamos perdido el tiempo en Colombia leyendo a Edgar Alan Poe, a Julio Verne, a Borges, a Tolkien, García Márquez, Tomás Carrasquilla, Ray Bradbury, Howard Phillps Lovecraft, Machen, Le Fanú, Maupassant, Bécquer. Según lo que le entendí al jurado, la lista de gente tonta escribiendo estupideces imposibles es demasiado grande. Cosas locas como un hombre al que se le ocurrió inventar un submarino, o aquel que escribió sobre una comarca donde vivían unos personajes pequeños que lucharon contra dragones, qué cosa más boba. Y qué me dicen de un tal Tolstoi que inventó una historia imposible de creer sobre la guerra donde hay demasiados personajes. Qué tonto haber perdido tanto tiempo escribiéndolas y que bobos nosotros los que las leímos.
Sí, mi novelita era demasiado mala. Estaba mal escrita, con demasiados adverbios y demasiados adjetivos. Muy al estilo de los malos escritores, aquellos que ponen cosas como: “La hermosa mujer de cabellos color trigo en los que el sol destellaba feliz al atardecer, estaba envuelta en un grueso abrigo de piel donde el viento gélido y grisáceo de invierno intentaba penetrar y erizarle los poros. Su cabellera dorada como el trigo ondeaba en medio del largo y tortuoso camino” Con razón los jurados me mandaron a freír espárragos y eso lo he aceptado toda la vida. Lo que siempre me dio una rabia santa fue el hecho de que este jurado, lamentoso cóndor insepulto, asegurara de manera tan despectiva que en Colombia solo se puede escribir de costumbrismo, violencia y dolor. Por pensamientos como este hemos olvidado a grandes escritores colombianos de la fantasía y la ciencia ficción como German Espinosa que se atrevió a poner en letras de molde un libro con cuentos de relatos futuristas. Otro gran colombiano que se salió del listado de los que escriben solo de la violencia colombiana fue José Félix Fuenmayor quien fuera miembro del grupo de Barranquilla al que perteneciera Gabriel García Márquez y quienes se dedicaron a escribir fantasías por fuera de las realidad colombiana. Y un gran escritor de ciencia ficción sobre alienígenas fue M.F Sliger que pareciera ser uno de esos escritores españoles de la época del bolsilibro o novela popular, pero no, es colombiano y escribió un curioso libro en 1936 bajo el título Viajes interplanetarios que tendrán lugar el año 2009.
Y ni hablar de escritores colombianos dedicados al terror, por ejemplo. Aquí la violencia y sus horrores se ha vuelto la manera de comprender el género terror, y los pocos casos de escritura en este estilo literario se han sepultado entre tanta noticia aterradora que nos muestran los diarios del país. Sin embargo, que los hay lo hay: 13 relatos infernales de tres autores colombianos, ellos son Álvaro Vanegas, Esteban Cruz Niño y Gabriela Arciniegas. Muérdeme suavemente de Fernando Gómez, sobre un apocalipsis zombi.
Carolina Sanín escribió una novela de terror en Colombia titulada Los Niños sobre realidades metafísicas que tocan fácilmente el thriller. Y otra escritora colombiana que se sumergió en el tema vampírico con extremado éxito es la caleña Carolina Andújar con su novela Vampyr, ambientada en el siglo XIX y que se desarrolla en Europa al estilo del cuento gótico Draculesco.
Sí, mi novelita era muy mala, pero era distinta. No quise seguir escribiendo. Olvidé en un rincón apartado la hermosa máquina de escribir que acumuló polvo durante muchos años. Se me pasó la gana de escribir sobre vampiros, zombis, alienígenas, diablos, dioses, ángeles, monstruos…y me dediqué a escribir sobre la realidad colombiana, pero me cansé rápido porque no me hacía feliz. Así que un día, mandé al carajo al jurado aquel y me dediqué a escribir crónicas divertidas sobre la vida, el amor, la juventud, los vampiros, zombis y alienígenas, quienes según un Gurú que conocí este año, se van a mostrar al mundo. Por ahí vimos al gobierno norteamericano mostrando videos oficiales sobre avistamientos de objetos voladores no identificados que hoy pueden ser fácilmente drones… o quién sabe, de pronto el pobre Moulder no estaba tan loco (El policía de Archivos Secretos X de la serie de Chris Carter).
Ya no me duele el alma, porque sé que muchos están escribiendo sobre temas que ya hemos superado. Colombia y el mundo entero se enfrentan ahora a un asunto que sí parece sacado de los libros de ficción y los que alguna vez escribirnos sobre fantasías imposibles, sonreímos un poco, aunque con cierta culpa, cuando nos acordamos de aquellos escritos locos sobre alienígenas, virus, zombis, enfermedades apocalípticas y demás. Esperemos que el virus que hoy tiene en cuarentena al mundo entero, se vaya pronto. Mientras tanto,  una forma de invertir bien el tiempo, es leyendo. Le invito a leer porque las horas pasan más rápido y deliciosamente. Y como por ahora no puede ir a la biblioteca pública Ramón Correa Mejía de Pereira, ingrese al internet y busque libros gratis. Hay muchos. Por ejemplo, mi libro Crónicas de Pantalón Corto que está gratis por estos días en Amazon.
Feliz lectura para todos.


APOCALIPSIS… ¡YA!
Por José Fernando Ruiz Piedrahíta*



            Conocí a Stephen King cuando tenía unos doce años. Quiero decir que conocí de su existencia gracias a que una tarde caminaba por el centro de Pereira y mientras pasaba por el extinto Club Rialto, ubicado en la carrera séptima entre calles diecisiete y dieciocho, vi tirados en el suelo algunos libros viejos que tal vez habían conocido a muchos lectores. Allí estaba Carrie de Stephen King y algunos otros como El Martillo de Dios de Arthur Halley.  Me convertí en una especie de Stephenkiniano obsesivo. Por supuesto que he leído su obra de arriba a abajo y hasta más. Por ejemplo, IT, una novela de largo aliento con más de 1.200 páginas, es una de las que he repasado hasta cinco veces, además de tener todas las versiones en película.
Pero una vez, encontré en la casa de un amigo poco aficionado a la lectura pero al que le encantaba comprar libros por metros para tapar una enorme pared, un libro escrito por un señor llamado Dean Koontz. Me llamó la atención el comentario de la tapa posterior del libro donde se decía que era el “competidor” de Stephen King. El libro que encontré se titula “Fantasmas” y le pedí prestado el ejemplar que prometí devolver una vez leído, cosa que cumplí. Siempre regreso los libros que pido prestados, pero con los que presto yo no me ha ido tan bien, sobretodo porque se me olvida quien lo tiene. Pues bien, pasado un tiempo después de haber leído a Koontz, tropecé con una novela de Stephen King llamada Apocalipsis, más conocida como La Danza de la Muerte que entre otras cosas en inglés se titula The Stand, que traducido significa el aparador. La novela de King habla de una epidemia aterradora llamada El Capitán Trotamundos, una súper gripa que acaba con la humanidad y en la que se salva una pequeña fracción de seres humanos que deben resolver si irse con el bien o con el mal. El bien, está representado en una anciana que toca la guitarra,  en los vastos campos de Nebraska y a quien todos conocen como Madre Abigail; el mal, está representado en Randall Flagg quien está determinado en acabar con el mundo para quedarse él solito como emperador de la oscuridad… uno lee la novela y termina contento al final.
Y pasó el tiempo…y una tarde conversado con un amigo aficionado a la literatura fantástica me dijo que había salido un libro de un tal Dean Koontz a quien yo conocía por su libro Fantasmas. El amigo me dijo que la nueva novela se llamaba Los Ojos en la Oscuridad y que al igual que King, hablaba de un virus creado en laboratorio. Pues resulta que Koontz habla en su libro de un arma biológica llamada Wuhan-400 que aparece en el año 2020 y dice que fue creado en un laboratorio de Wuhan en China, algo que para ser franco, da miedo…es demasiado impresionante. La novela de Koontz fue escrita en 1981 y la de King en 1978. Y hablando de cosas raras, Mary W. Shelley escribió en 1826 El último hombre, novela que fue retirada del mercado inglés, primero, por ser escrita por una mujer y segundo, porque los hombres ingleses consideraban que una novela sobre una gripa que acaba con los seres humanos era una verdadera estupidez. La novela pudo ver la luz en los años sesenta cuando un grupo editorial la presentó al mundo nuevamente. No deja de ser sorprendente que la autora de Frankenstein también hubiese visionado las muertes masivas causadas por virus. La lista de novelas apocalípticas es larga y sorprendente.
Philip K. Dick escribió una novela maravillosa que leí hace muchos años y cuyo título no era atractivo: “Sueñan los androides con ovejas eléctricas”, que se convirtió en el argumento de la película Blade Runner de Ridley Scott y que aborda el tema de los humanos en un planeta desolado a causa de las guerras nucleares, el consumismo y el afán de hacer edificios arrasando con los bosques y matando la fauna como lo están haciendo hoy muchos constructores. Los humanos deben entonces  inventar robots para que los atiendan. No estamos lejos de eso, de los robots y del fin. Max Brooks escribió una novela extensa sobre zombis que fue llevada al cine como “Guerra Mundial Z” en la que un virus creado en laboratorio convierte a los infectados en violentos muertos vivientes. Y la increíble capacidad de Julio Verne para ver el futuro no deja de sorprender. No solo adivinó la creación de submarinos, globos aerostáticos y viajes al mundo en ochenta días, sino que escribió una novela corta titulada París en el siglo XX en la que describe una ciudad llena de tecnología donde el dinero y el daño ecológico ocasionado por el hombre, convierten a París en un monstruo de cemento y acero donde los habitantes escriben cartas en una pizarra que reproduce exactamente lo escrito en otra pizarra que tiene el destinatario del mensaje. En 1910 Verne escribió una novela corta titulada “El eterno Adán en la que describe la destrucción de la civilización a causa de extraños cambios en el clima que sumergen las ciudades en el mar, dejando a unos pocos sobrevivientes en un enorme barco que llega a un pequeño continente, pero sucumben ante la fuerza de la naturaleza y las nuevas y extrañas enfermedades.
Apocalipsis ya, no es solo el título para este escrito, es que estamos viviendo ese futuro, hoy. Si seguimos acabando con los bosques, la fauna, el agua y los recursos naturales en general, lo que nos espera no estará lejos de lo que dicen esos profetas modernos de la literatura. Somos nosotros los humanos, la plaga que está enfermando al mundo. Cuando la tierra sea infértil y ya no haya nada para sembrar en este pedrusco azul que gira sin descanso alrededor de un sol, sabremos que el famoso apocalipsis fue creado poco a poco y por cada uno de nosotros.
Por lo pronto y mientras llega el fin, les invito a leer a estos profetas, a quienes   encuentran en la biblioteca pública Ramón Correa Mejía de Pereira y por supuesto, los invito a cuidar lo poco que nos queda en esta casa llamada planeta tierra.
Feliz lectura y hasta pronto.

JOSE FERNANDO RUIZ PIEDRAHÍTA
Promotor de lectura. Biblioteca Pública Ramón Correa Mejía
jofer62@hotmail.com