ROJO
NAVIDAD
Cuento
de terror para esperar al niño Dios
No es fácil soportar el continuo
quejar de una persona enferma a quien los cuidados paliativos para el dolor ya
no le son eficaces. Los continuos gritos
desesperados a causa de la dolencia empiezan a romper a las personas que deben
cuidar al paciente. Nuestra madre llevaba ya seis meses postrada en cama
soportando el dolor continuo que le causaba la enfermedad. Como no soy médico
voy a ahorrar palabras en lo que la ciencia médica hizo o no pudo hacer. Las
continuas visitas del personal sanitario que debería atender con inyecciones
cada vez más fuertes eran ya recurrentes. Mi hermana se había librado de la
tortura continua en la que se convirtió mi madre, cuando decidió irse a vivir a
Europa con sus dos hijos y un esposo idiota que hacía todo lo que ella decía,
pues era pusilánime y le interesaba solo el bienestar propio, pues mi hermanita
era una mujer de buenos recursos económicos gracias a la pensión que recibía
del estado. A ella no le tocó todo este proceso de dolor y desesperación. Pero
jugó un papel fundamental a la hora de tomar la decisión más grande que una
persona debe hacer en la vida como es aquella en la que el médico le dice a uno
si autoriza a realizar maniobras de resurrección de una persona cuando se pone
muy grave y hay peligro de muerte. Mi madre llegó a un punto tal de la
enfermedad que una noche me dijo casi a gritos que deseaba la muerte, que no
soportaba más vivir en esa condición de continuo dolor. La muerte era entonces
la vía de escape para dejar de sentirse miserable por un cuerpo enfermo que la
encerraba y la mantenía prisionera. El alma desea volar, liberarse de la carne
que duele, suda y necesita ir al baño.
—
Jure mijo que me dejan ir… yo no soy capaz de quitarme la vida, pero si llega
el momento de tener que decidir por mí, diga que no me hagan nada… quiero irme
lo más pronto posible… júrelo mijo… por Dios y por mí.
Juré
que lo haría, pero la vida da muchas vueltas y llegó el momento en que su pobre
humanidad no resistió más el dolor. Hubo que internarla en el hospital donde
hicieron lo que se podía. En la tarde de ese día a mediados de noviembre el
doctor me llamó a parte y me dijo:
—Su
mamá está muy mal, la hemos inducido a un coma para evitarle más dolor, pero no
creo que sobreviva a mañana. Debe tomar la decisión si desea que le hagamos
maniobras de resurrección.
No
pude hacerlo yo solo y llamé a mi hermana para que entre los dos llegáramos al
acuerdo de dejarla ir, pues era suficiente el sufrimiento que había tenido que
vivir.
—Cómo
se le ocurre. Yo voy a viajar en quince días para pasar la navidad con ustedes
y quiero que mi mamá esté bien para que reciba los regalos que le llevamos y
que los niños la vean por última vez. Así que dígale el médico que la alivie
para que pasemos navidad juntos ¿oyó?
Era
como una orden perentoria a la que no podía rebatir. Así que le comuniqué al
médico la decisión, pues lamento decir que yo también estuve de acuerdo porque
me hacía ilusión que mamá pudiera estar con nosotros en navidad. Profundo error
que no he terminado de pagar. Como ya expliqué no tengo mayores conocimientos
médicos, pero lo que haya sido que hicieron en el hospital dio resultados. Mi
madre despertó del coma con mayor dolor que aquel padecido días atrás. El
médico me miró con desprecio:
—Egoístas.
—dijo.
Mi
madre fue dada de alta dando gritos de dolor y de rabia. Se sumaba la ira a su
condición y fue recetada con morfina, lo cual calmaba un poco el sufrimiento.
María Elena llegó a los quince días prometidos cuando las luces de la ciudad se
encendieron dando la bienvenida a la navidad. La plaza de Bolívar, el parque el
Lago, el de la libertad y la plaza Victoria lucían millones de luces que
parpadeaban esperando la llegada del niño Dios. En el barrio las rumbas no
daban descanso lo que para nuestra familia se convirtió en una tortura, pues mi
madre no podía dormir y era necesario a veces ponerle más morfina. Mi hermana
poco paraba en la casa porque se iba temprano para el centro comercial o para
San Andresito a ver regalos y comprar cosas que su economía le permitía. Mi
madre en uno de esos días de lucidez y bajo dolor se quedó mirándome y me dijo:
—Vos
juraste que no ibas a permitir que me devolvieran a este mundo de asco a seguir
sufriendo.
—Mamá…
yooo…
—Cállate
pendejo… No creo que pase el veinticuatro con ustedes, pero si llego a estar
viva para esa fecha… yo si te juro que van arrepentirse y nunca más en lo que
les quede de vida a ustedes dos volverán a disfrutar de diciembre. Y cuando me
muera me entierran como a los buenos cristianos… ni se les ocurra irme a
quemar…
La
ira que brillaba en sus ojos me congeló el corazón haciéndome comprender que
había sido un terrible error dejarla vivir en esas condiciones. Las navidades
para nosotros fueron siempre un tiempo de alegría, de fiestas familiares con
natilla elaborada por nuestra madre en una paila que poníamos en el patio y que
entre todos mecíamos para que quedara bien espesa. La navidad fue para nosotros
el tiempo de hacer el pesebre en un rincón de la sala, pues a mi madre le
gustaba hacerlos grandes como en sus épocas de niña. El arbolito de navidad
lleno de luces de color y bolas rojas que año tras año poníamos con peluches de
muñecos de nieve, papás Noeles y la estrella dorada en lo alto del pino
artificial. María Elena animaba a nuestra madre mostrándole la ropa que iba a
estrenar, los juguetes comprados para Hugo y Luisito, la cena que había mandado
a elaborar en un restaurante especializado en banquetes navideños. Mi madre la
miraba con desprecio. Llegó el tiempo de la novena que rezábamos en el cuarto
de nuestra madre porque ella no quería levantarse de la cama y menos comer
buñuelos, natilla y gaseosa. Mi mamá no quería nada.
El
veintitrés de diciembre cuando rezábamos la novena en su octavo día mi mamá
empezó a toser. Se oía en su pecho la flema cada vez que se sacudía en los
accesos de tos. Hacía un ruido espeluznante con la boca cuando intentaba tomar
aire, era como el sonido de gorgoteo del sumidero de la cocina cuando se tapaba
de desperdicios de la comida. Ya estábamos terminado la oración al niño Jesús
que es la última de la novena cuando empezó el episodio que nos obligó a llamar
a la ambulancia para llevarla al hospital. Me fui en la ambulancia
acompañándola porque mi hermana no quiso dejar los niños solos en la casa, así
que mi cuñado se fue detrás de nosotros en el carro alquilado por ellos
mientras estuvieron de visita. A mi madre la ingresaron de urgencias y allí le
hicieron las maniobras necesarias para aliviarle. La pusieron en un cuarto con
otros pacientes y yo me quedé en la silla para acompañantes. Oía que su pecho
burbujeante en cada inspiración y como un lamento breve y suave salía de su
boca con cada expiración. Pasaron las horas con ese ruido característico de las
salas de urgencias donde el ir y venid de enfermeras, médicos y pacientes nunca
termina. Salí a buscar a mi cuñado que estaba en el carro esperando alguna
razón de la condición de mi madre. Le resumí lo mejor que pude la situación y
bebimos café de máquina. Le dije que se fuera a descansar que me quedaría
cuidándola, pues ella dormía por fin. Álvaro se fue y regresé al cubículo dende
mi madre dormía al parecer plácidamente como hacía mucho tiempo no lo hacía.
Todo empezó a ir mal desde el momento en que vi que un líquido espumoso y
verduzco salía por las fosas nasales de mi madre obstruyéndole la cánula
respiratoria. Me acerqué un poco más para asegurarme que estaba viendo algo
anómalo y el olor a podredumbre me golpeó la cara haciendo que me retirara con
el sabor de la bilis en la garganta. Salí corriendo pidiendo auxilio por el
pasillo lleno de pacientes sin poder evitar el chorro de vómito que salía de mi
boca y nariz. La gente que estaba cerca salió huyendo mientras dos enfermeras
me auxiliaban y el personal de aseo corría con los traperos para limpiar el
desastre. Logré decir a las enfermeras que mi madre estaba muriendo, así que el
médico de turno entró a la habitación rápidamente a prestar ayuda a mi madre,
pero salió nuevamente con cara de tragedia en el rostro.
—Hay
que sacar a los otros pacientes porque la señora tiene una fuerte rinorrea.
Luego
supe que eso era cuando salen líquidos infecciosos por vía nasal, los pulmones
de mi madre se estaban saliendo por su nariz empeorando su situación mucho más.
Esperaba que todo acabara pronto y que por fin ella descansara de tanto
sufrimiento, pero a veces el destino es cruel y nos deja un poco más para
purgar en este mundo los errores cometidos por nuestro egoísmo, falta de juicio
y tolerancia. Mi madre, lamento decirlo, no murió esa madrugada. Dios o el
diablo quisieron que se quedara un día más para nuestro desespero porque mi
madre no murió con tranquilidad en el sueño bendito de quienes se van apagando
poco a poco yéndose despacio con una sonrisa en los labios y murmurando
bendiciones para los que se quedan con el corazón tranquilo de una buena muerte.
Mi
madre murió maldiciéndonos, entre gritos de dolor y lágrimas de angustia. El
veinticuatro de diciembre a las diez de la noche, cuando en muchos hogares
reina la felicidad, donde en muchos hogares empiezan la cena de noche buena,
donde en muchas casas abren los regalos y los niños gritan de felicidad; mi
madre expiró mirando a mi hermana y a mí con un odio tan profundo que aún hoy
me amarga la vida. No hubo fiesta navideña, ni cena, ni entrega de regalos, ni
abrazos; nada de nada. Esos dos días de agonía de mi madre la consumieron de
tal manera que cuando nos estregaron su cuerpo no era más que un esqueleto
forrado con piel machada por la edad. Sus ojitos se habían hundido en las cuencas
del cráneo y su boca se había quedado abierta en un último grito de dolor y
desespero. María Elena llevó un vestido verde tornasolado que había comprado en
un centro comercial para regalarle a mi madre en la navidad y que le sirvió de
mortaja porque yo no quise que le pusieran el hábito de carmelita que solían
ponerle a los muertos en ese tiempo. El día de la navidad enterramos a mi madre
en el cementerio San Camilo de Pereira, cuando íbamos en el coche fúnebre aún
se podían ver los restos de las fiestas nocturnas, niños que estrenaban sus
triciclos y bicicletas nuevas traídas por el niño Dios. Nosotros en cambio
asistimos a la misa exequial en la parroquia de los Dolores adjunta al
cementerio y acompañamos el féretro hasta su última morada en una de los largos
corredores donde mi madre había comprado hacía muchos años una bóveda. Allí
quedó puesto su cuerpo devastado por la enfermedad.
Llegó el fin de año sin fiesta, ni
deseos de bienaventuranzas para el año nuevo, tampoco abrazos ni uvas. Tuvimos
que soportar el ruido de la cuadra y oír las felicitaciones y abrazos mientras
tratábamos de pasar esos días de tristezas. Mi hermana se fue para Europa a
mediados de enero del nuevo año así que la acompañé al aeropuerto para
despedirla junto al esposo y los sobrinos. En el momento del último abrazo
estuve tentado de culparla a ella por el dolor causado a nuestra madre, pero
mejor me guardé la amargura en el corazón esperando que ella misma se diera
cuenta que nada de esto habría pasado si fuera menos egoísta. La vi entrar al
avión por el túnel de pasajeros quienes casi corrían a su destino y la perdí de
vista cuando con su esposo e hijos finalmente se marcharon.
Paso
el tiempo como suele pasar en su carrera loca hacia adelante, los meses se iban
yendo con sus semanas, días y horas. El recuerdo de nuestra madre me asediaba
minuteramente, pues todo en casa recordaba su presencia, los olores del límpido
cuando pasábamos el trapero, el olor que salía de las parrillas cuando asábamos
las arepas y últimamente un fuerte olor a natilla que se esparcía por toda la
casa sin que nadie estuviera removiendo un mecedor. Faltaban dos meses para que
llegara diciembre y la verdad temía el momento de sacar nuevamente el árbol,
las figuras del pesebre y los adornos que ponía nuestra madre en las puertas,
pues con mayor fuerza recordaba los acontecimientos pasados en la época
decembrina. El tiempo es inexorable y no se detiene por lo que el mes de la dicha llegó por fin
con las luces adornando nuevamente la ciudad con figuras y colores diferentes
al año anterior, pero en esencia lo mismo. Mi hermana pocas veces llamó y
cuando estaba cerca la primera semana de diciembre en una de esas escasas
llamada dijo que no vendría a casa en esta navidad, pues según ella mi cuñado
tendría que trabajar en el ayuntamiento de la ciudad donde residían. No quise contradecirla,
pero me di cuenta por el tono de su voz que se sentía culpable por todo el
desastre causado hace un año.
Sacamos
el árbol a en la segunda semana de diciembre y empezamos a ponerle las luces,
las bolas, los peluches y demás adornos. Estaba poniendo una bola roja de buen
tamaño y me vi reflejado en ella con la deformidad natural de la esfera, pero
la sangre se heló en mis venas, pues al lado de la figura contrahecha de mí
mismo, estaba la figura de mi madre. Casi dejé caer la frágil bola de vidrio e
instintivamente giré la cabeza para ver si alguien estaba a mi lado, pero
estaba solo en la sala. Nos dimos cuenta del olor a natilla porque la vecina un
día pasó frente a nuestra casa y nos dijo con alegría.
—Ojalá
este quedando bien buena ese natilla… Hum, huele delicioso, por la tarde traigo
uno buñuelos y hacemos un compartir… Chao…
Yo
no estaba haciendo natilla, ni buñuelos. Algo en el sub consciente me hizo
recordar que ese olor se extendía por la casa cuando mi madre hacía el natilla
en el patio cuando estaba en vida. Fui casi corriendo hasta la parte de atrás
de la casa casi esperando ver el fantasma de mi madre removiendo con el mecedor
la natilla que giraba lentamente en la paila, pero allí no había nada más que
las materas viejas y alguna ropa extendida que se secaba al sol.