EL
ESTRÉN
Para
el domingo en misa de doce
Por
José Fernando Ruiz Piedrahíta
De niño recuerdo que el país venía de luchas armadas y sangre
debido a la violencia bipartidista, pero yo nada de eso sabía, lo único que me
preocupaba eran los días que faltaban para el domingo y poder estrenar las
botas de cuero y el buzo cuello tortuga azul con el pantalón a cuadros de
terlenka. Había por los corredores de la Iglesia de Santa Teresita en
Dosquebradas una niña de azules ojos y rubia cabellera que me llamaba la
atención, aunque no estaba muy seguro para qué, porque éramos demasiado
inocentes por aquellos tiempos y aún no teníamos claro cómo eran las cosas del
amor. Pero deseaba que ella me viera con mi nueva pinta, ganada a pulso de
estudios y trasnochos haciendo dibujos y resolviendo problemas matemáticos.
Los estrenes
por aquel entonces se reservaban para la misa de doce en la iglesia, por lo que
siempre veía a las señoras muy elegantes con sus pintas nuevas y los señores
con su sombreros y vestidos completos, por supuesto que los niños y las niñas
también estrenaban. Era un tiempo en que la gente se ponía las mejores galas
para ir a una fiesta, una primera comunión o para viajar en avión. Si, no se
asombren, para viajar a Medellín por ejemplo en Aerocóndor los
pasajeros se ponían los mejores vestidos porque era una ocasión muy especial
viajar en avión. Yo sufrí ese tiempo en
que en unas vacaciones que no he olvidado, me pusieron pantalón de paño, saco
de pana, camisa de popelina y corbatín de cauchito de color azul y roja; para
ir hasta el aeropuerto Matecaña y viajar a la capital de Antioquia.
En ese entonces
los niños no teníamos permiso para escoger la ropa que nos poníamos, porque los
padres tenían el absoluto control de nuestras vidas, como el deber ser. Un día
me trajeron de regalo sorpresa, aunque nunca supe el motivo, unos zapatos, pero
sabiendo que uno debía recibir lo que llegara, me alegré mucho con el regalo.
Lo abrí esperanzado que fueran unas botas de caucho para poder pantanear en el
invierno que nos estaba ahogando con tanta inundación. No era lo que esperaba;
era el par de zapatos más feo que uno puede encontrar en la historia de la zapatería
del mundo mundial. Eran de Charol, de color vino tinto con una cantidad de
huequitos sin sentido y hebillas doradas. Jesús, como odié aquellos zapatos que
mi madre me obligaba a ponerme para ir a las visitas, a la iglesia, al hospital
a visitar a los enfermos porque mi madre gustaba acompañarlos debido a que era
una de las obras de misericordia.
Esos zapatos eran indestructibles, hice hasta lo imposible por
acabarlos, los arrastraba, los mojaba, los hundía en el pantano, jugaba fútbol
con ellos para acabarlos, pero mi madre los lavaba, los lustraba y quedaban
como para exhibirlos en la vitrina de almacén. Rogaba a Dios que se incendiaran
y de hecho intenté prenderles fuego, pero me quemé los dedos porque no sabía manipular
bien los fósforos y un encendedor era un artilugio que solo mi padre era el único
autorizado de utilizar. Los escondí en lo más profundo del armario, pero como
por arte de magia aparecían cuando mi madre anunciaba que íbamos a salir a una
visita. Cuando iba a la misa de doce el domingo las niñas me miraban los
zapatos y se iban a reír a la esquina y yo me ponía tan colorado de la
vergüenza que mi rostro hacia buen juego con el odiado color de los zapatos.
Pero por fortuna y gracias a Dios bendito, una tarde cualquiera en la que tenía
puestos los espantosos zapatos, llegó una amiga ricachona de mi familia
y mirándome los zapatos dijo con voz gruesa de fumadora empedernida
—Ehh Ave María doña Margarita…
Pobrecito el niño con esos zapatos tan
feos.
Mi madre quedó
muda y no supo qué contestar, por lo que la admirable amiga continuó su
monólogo
—A ver niño ¿qué zapatos le gustan?
—Yo quiero unas botas de caucho para poder salir a la calle a
pantanear.
Entonces dijo
la frase que nunca olvidaré
—Claro papito… yo le regalo unos Panam bien
bonitos.
Pues si
queridos amigos lectores, a los ocho días exactos llegó la matrona (Doña Olga)
con las fabulosas, brillantes y negras botas Panam para niños,
especialmente recomendadas para el invierno. Y los más increíble fue que una
vez las saqué de la caja, la mujer dijo con tono solemne:
—Póngaselas mijo que afuera está lloviznado y mire a ver si le
gustan.
—Es que hay que esperar para estrenarlas el domingo en misa de
doce. Dije
tímidamente recordando la costumbre familiar. La señora se quedó
mirándome para rematar diciendo algo que seguramente dejó muy sorprendida a mi
madre y a mi padre que estaban presentes:
—Qué
va mijo… la ropa y las cosas buenas son para ya. Qué tal que usted se muera
antes del domingo y no se las haya estrenado. Eso es una costumbre boba de la
gente simplona.
Las
caras de mis padres pasaron de pálido a colorado en cuestión de segundos. No
crean que fue fácil darnos cuenta los simplones que éramos, pero la lección más
importante y que nunca olvidé y ahora sigo aplicando es que la vida es ahora,
es ya o ya… y si compró unos zapatos nuevos que le encantan póngaselos en el
mismo almacén y no espere a la misa del domingo, o la fiesta aquella para la
cual se compró la pinta, póngasela ya… porque podría ser que no sobrevivamos
para estrenarla en el evento, como le sucedió a una querida amiga de mi esposa
quien tenía en su guardarropa una hermosa colección de pijamas, a cuál de todas
más vistosa y fina. Cuando le preguntamos por qué guardaba tantas prendas de
dormir dio una respuesta a la que no había como responder:
—Yo
las guardo para cuando esté enferma.
Lastimosamente
he de contarles que la querida señora murió con la pijama rota y deshilachada
que usaba cuando estaba aliviada. Las hermosas prendas de dormir se quedaron en
sus empaques, muchas de ellas sin estrenar.
Después
de ácido comentario de doña Olga, nunca más me obligaron a esperar al estrén
dominical y otra cosa que cambió fue que de alguna manera empezaron a dejar que
yo mismo escogiera la ropa o los libros que me gustaban. Eran otras épocas donde la gente pensaba
diferente y al día de hoy agradezco la educación que recibí en mi casa, pues
comprendo que la verdadera guía de la vida está en el hogar, no en el colegio.
Los niños desobedientes, irrespetuosos, groseros y dañinos que tanto abundan en
los conjuntos residenciales o en los edificios de apartamentos son el resultado
de la ausencia de educación en la casa. Así que no culpe al colegio, pues el
colegio solo da conocimientos en diferentes ciencias. La buena educación nace
en casa.
No
le dé vergüenza salir con la ropa nueva puesta del almacén, pero tenga cuidado
de quitarle las marquillas, especialmente la del precio para que no salga
mostrando que está estrenando y cuánto costó el estrén.
JOSE FERNANDO RUIZ
PIEDRAHITA
Periodista cultural
Miembro de la Academia colombiana
de historia, literatura y arte
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