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martes, 5 de mayo de 2020


LA SÁBANA BLANCA
Por José Fernando Ruiz Piedrahíta
           

Las vacaciones venían pronto. Las sentíamos cuando faltando un mes, el ansia aumentaba y los compañeritos de clase contaban sus planes increíbles.
—Apenas salgamos de clase, mis papis me van a llevar a Miami —decía Pulido quien era el más pinchado y rico del salón.
—Yo me voy para la costa donde unos primos y me voy a bañar en el mar hasta que me salgan aletas —aseguraba con cierto brillo en los ojos.
Todos contaban sus planes vacacionales con cierto orgullo y con la esperanza de abandonar los libros en el armario, aunque fuera por un mes. Pero yo… no tenía planes. Podría decir que temía la llegada de las vacaciones.  Hay que entender que por esos años no existían los hoteles agro-campestres, nadie hablaba de ecología ni de como preservar la naturaleza. La finca de mis primos era una finca cafetera de largos corredores enchambranados, con piso de madera encerado, habitaciones que se comunicaban por un laberinto de puertas que permitían ir de un extremo a otro de la enorme casa que carecía de servicio de energía eléctrica. Lo más terrible era esperar la llegada de la noche para alumbrarse con velas de cebo. No, yo no quería ir otra vez a la finca de los tíos en la Antioquia profunda y campesina. Yo quería conocer el mar, pero a mi padre no le interesaba. Así que llegó el temido momento de abordar la flota para irnos a la finca de los tíos y de los primos que no iban a la escuela porque les parecía que era bobada eso de saber leer y escribir.
Ayyy Bendito… Después de varias horas en el bus, tenían que pasar otras dos horas en un incómodo Willys por caminos destapados donde se veían profundos abismos. Y llegamos en medio del mosquero y zancudero producido por las aguas contaminadas por el café que acababan de despulpar y la fetidez que siempre recodaré. Iba con mi madre que estaba de acuerdo en que el niño debía alejarse de los deberes escolares y untarse un poco de la vida al aire libre. Pero a mí me daba miedo el aire libre, el campo y mis primos… qué iba a hacer sino resignarme a la suerte de mis vacaciones de mitad de año.  Por lo pronto ya nos bajábamos en la entrada de la finca. Los primos estaban más grandes que el año anterior y más silvestres que nunca con su hablado recio.
—Oigan llegó el niño de la ciudad —gritaban mientras corrían a mi alrededor y pedían los regalos que traíamos para ellos.
Lo más tormentoso de la estadía allí era el uso del baño. Orinar era una tortura espantosa porque el caserón no tenía sanitarios en su interior. Había que ir una caseta a cincuenta metros donde se hacía toda aquella labor en un agujero que daba a un riachuelo. Ni siquiera voy a mencionar los usos higiénicos que se estilaban por aquellas regiones. Así que esa primera noche le pedí a mi madre que me acompañara a la chambrana del corredor que daba al patio trasero para vaciar la vejiga. Alumbrados por la luz mortecina de una vela de cebo me acompañó a miccionar por entre la chambrana apuntando al patio de tierra. Entonces vimos al ternero que bajaba por el camino mal iluminado en la noche de luna. Un ternero vagando en la noche por esos abismos no tenía mucha oportunidad de vivir.
—Ayyy mira el ternerito se va a caer por el precipicio… Hay que avisarle a Aníbal para que lo entre al corral—Dije sintiendo pesar por el animalito
—Si niño… termine pues y vamos a avisarle —Dijo mi madre.
El animalito llegó a donde estábamos y casi le mojé la testa con el último chorrito que quedaba y de manera inexplicable el ternerito pareció crecer, engordarse y salir volando convertido en una sábana blanca que llegó al techo de la casona. Mi madre me agarró como pudo y yo salí casi en volandas con el pequeño instrumento afuera del pantaloncito corto. Arriba la sábana reía con carcajadas estridentes que pronto despertaron a todos los familiares y peones. Unos salieron en paños menores armados de machetes, azadones y viejas escopetas. Mi madre me entró al cuarto donde la oscuridad era absoluta, pero oía con claridad que eso estaba arriba desacomodando tejas con lo que parecían ser fuertes garras o pezuñas y por supuesto no dejaba de reír a pesar de las detonaciones de las escopetas. La cosa levantó vuelo, pues oía el batir de grandes alas en medio de la oscuridad. Llorando suplique:
—Mamá… quero irme a la casa para poder ver televisión y usar el baño con papel higiénico.
Mi madre comprendió y aunque esa noche no pudimos dormir, al otro día nos fuimos bien temprano sin hacer caso a las explicaciones de los tíos y a pesar de las risas de los primos.


CATARSIS
Para sacar el demonio que tengo dentro
José Fernando Ruiz Piedrahíta


            Los demonios que llevamos dentro hay que sacarlos como sea. Algunos golpean una pared, un saco de arena, lloran a pulmón herido o ahogan sus penas en un bar como la canción de Billy Pontoni. Yo necesito sacar un pequeño demonio que llevo dentro hace muchos años y lo voy a compartir con ustedes.
            Era el año 1992. Hagan cuentas, hace 28 años. Era feliz escribiendo cuentos, crónicas y pequeñas novelas de ficción, fantasía y supuestas leyendas sobre entes surgidos de la noche y de los profundos misterios de aquellas conversaciones oídas de labios de mi abuela.  Escribía sobre mundos inexistentes y maravillosos donde no existía la enfermedad, el hambre o la infelicidad. Era feliz pensando que algún día podría publicar tales escritos para goce de la humanidad tan agobiada y doliente. Creía que podía escribir acerca de vidas esplendorosas y divertidas mientras con mucha agilidad golpeaba las pesadas teclas de la máquina de escribir que producía un delicioso ruido con cada golpe sobre el papel; era música para mí. Un día llegó a mis manos una convocatoria para concursar presentando una novela de ficción. Envié un escrito que abordaba la temática de un mundo post apocalíptico en el que la raza humana había perdido su lucha contra una enfermedad y que de manera extraña había realizado cambios en el mundo animal, pues nuestros compañeros de vida irracionales habían recibido el don de la inteligencia gracias al virus mutante. (Bendito aquel o aquella que dijo: La fantasía no necesita explicación)
Mi novela de ciencia ficción pura y dura, llegó a manos de los jurados después de pasar por todas las exigencias de la convocatoria y yo estaba feliz de haber compartido un escrito tan especial. Pasaron las semanas y un día me llamaron por el teléfono fijo para que me pasara por la biblioteca pública a recoger el veredicto del jurado. El corazón me palpitaba enloquecido dentro del pecho. Llegué a la recepción del templo del saber y recibí una carta en la que constaba que mi gran novela había sido revisada, registrada y…rechazada. Tenía notas de cada uno de los jurados. Leí temblando los dos primeros conceptos que me aterrizaron a la realidad, pues aducían muy sabiamente que la novelita tenía muchos errores de redacción, gramática y ortografía, pero que aun así era interesante. Uno de ellos alcanzó a poner la palabra ingeniosa a modo de pequeño aporte al novel escritor.
El tercer jurado si me mató.
Sí. Me mató abruptamente.
Puso que mi escrito ni siquiera era un asomo a novela, que era una especie de bazofia de palabras sin sentido sobre un tema ridículo e inverosímil, pues según él, en Colombia no se podía escribir sobre fantasías y mucho menos sobre hecatombes apocalípticas donde la raza humana salía perdiendo su entereza. Decía el malhadado jurado, que en Colombia era mejor escribir sobre la violencia bipartidista, sobre los crueles asesinatos generados en la guerra de los mil días, sobre cómo los poderosos se estaban robando el país, sobre los narcotraficantes, las familias olvidadas, la pobreza de una nación que no resiste vampiros, alienígenas y exterminios absolutos. Quedé de una pieza. Las piernas me temblaban y el corazón me dio un vuelco en el pecho y he de confesar, que me senté solito en medio del parque Olaya Herrera a llorar en silencio. La ira que esas palabras sembraron en mi alma, aún la siento. Según el tercer jurado, habíamos perdido el tiempo en Colombia leyendo a Edgar Alan Poe, a Julio Verne, a Borges, a Tolkien, García Márquez, Tomás Carrasquilla, Ray Bradbury, Howard Phillps Lovecraft, Machen, Le Fanú, Maupassant, Bécquer. Según lo que le entendí al jurado, la lista de gente tonta escribiendo estupideces imposibles es demasiado grande. Cosas locas como un hombre al que se le ocurrió inventar un submarino, o aquel que escribió sobre una comarca donde vivían unos personajes pequeños que lucharon contra dragones, qué cosa más boba. Y qué me dicen de un tal Tolstoi que inventó una historia imposible de creer sobre la guerra donde hay demasiados personajes. Qué tonto haber perdido tanto tiempo escribiéndolas y que bobos nosotros los que las leímos.
Sí, mi novelita era demasiado mala. Estaba mal escrita, con demasiados adverbios y demasiados adjetivos. Muy al estilo de los malos escritores, aquellos que ponen cosas como: “La hermosa mujer de cabellos color trigo en los que el sol destellaba feliz al atardecer, estaba envuelta en un grueso abrigo de piel donde el viento gélido y grisáceo de invierno intentaba penetrar y erizarle los poros. Su cabellera dorada como el trigo ondeaba en medio del largo y tortuoso camino” Con razón los jurados me mandaron a freír espárragos y eso lo he aceptado toda la vida. Lo que siempre me dio una rabia santa fue el hecho de que este jurado, lamentoso cóndor insepulto, asegurara de manera tan despectiva que en Colombia solo se puede escribir de costumbrismo, violencia y dolor. Por pensamientos como este hemos olvidado a grandes escritores colombianos de la fantasía y la ciencia ficción como German Espinosa que se atrevió a poner en letras de molde un libro con cuentos de relatos futuristas. Otro gran colombiano que se salió del listado de los que escriben solo de la violencia colombiana fue José Félix Fuenmayor quien fuera miembro del grupo de Barranquilla al que perteneciera Gabriel García Márquez y quienes se dedicaron a escribir fantasías por fuera de las realidad colombiana. Y un gran escritor de ciencia ficción sobre alienígenas fue M.F Sliger que pareciera ser uno de esos escritores españoles de la época del bolsilibro o novela popular, pero no, es colombiano y escribió un curioso libro en 1936 bajo el título Viajes interplanetarios que tendrán lugar el año 2009.
Y ni hablar de escritores colombianos dedicados al terror, por ejemplo. Aquí la violencia y sus horrores se ha vuelto la manera de comprender el género terror, y los pocos casos de escritura en este estilo literario se han sepultado entre tanta noticia aterradora que nos muestran los diarios del país. Sin embargo, que los hay lo hay: 13 relatos infernales de tres autores colombianos, ellos son Álvaro Vanegas, Esteban Cruz Niño y Gabriela Arciniegas. Muérdeme suavemente de Fernando Gómez, sobre un apocalipsis zombi.
Carolina Sanín escribió una novela de terror en Colombia titulada Los Niños sobre realidades metafísicas que tocan fácilmente el thriller. Y otra escritora colombiana que se sumergió en el tema vampírico con extremado éxito es la caleña Carolina Andújar con su novela Vampyr, ambientada en el siglo XIX y que se desarrolla en Europa al estilo del cuento gótico Draculesco.
Sí, mi novelita era muy mala, pero era distinta. No quise seguir escribiendo. Olvidé en un rincón apartado la hermosa máquina de escribir que acumuló polvo durante muchos años. Se me pasó la gana de escribir sobre vampiros, zombis, alienígenas, diablos, dioses, ángeles, monstruos…y me dediqué a escribir sobre la realidad colombiana, pero me cansé rápido porque no me hacía feliz. Así que un día, mandé al carajo al jurado aquel y me dediqué a escribir crónicas divertidas sobre la vida, el amor, la juventud, los vampiros, zombis y alienígenas, quienes según un Gurú que conocí este año, se van a mostrar al mundo. Por ahí vimos al gobierno norteamericano mostrando videos oficiales sobre avistamientos de objetos voladores no identificados que hoy pueden ser fácilmente drones… o quién sabe, de pronto el pobre Moulder no estaba tan loco (El policía de Archivos Secretos X de la serie de Chris Carter).
Ya no me duele el alma, porque sé que muchos están escribiendo sobre temas que ya hemos superado. Colombia y el mundo entero se enfrentan ahora a un asunto que sí parece sacado de los libros de ficción y los que alguna vez escribirnos sobre fantasías imposibles, sonreímos un poco, aunque con cierta culpa, cuando nos acordamos de aquellos escritos locos sobre alienígenas, virus, zombis, enfermedades apocalípticas y demás. Esperemos que el virus que hoy tiene en cuarentena al mundo entero, se vaya pronto. Mientras tanto,  una forma de invertir bien el tiempo, es leyendo. Le invito a leer porque las horas pasan más rápido y deliciosamente. Y como por ahora no puede ir a la biblioteca pública Ramón Correa Mejía de Pereira, ingrese al internet y busque libros gratis. Hay muchos. Por ejemplo, mi libro Crónicas de Pantalón Corto que está gratis por estos días en Amazon.
Feliz lectura para todos.


APOCALIPSIS… ¡YA!
Por José Fernando Ruiz Piedrahíta*



            Conocí a Stephen King cuando tenía unos doce años. Quiero decir que conocí de su existencia gracias a que una tarde caminaba por el centro de Pereira y mientras pasaba por el extinto Club Rialto, ubicado en la carrera séptima entre calles diecisiete y dieciocho, vi tirados en el suelo algunos libros viejos que tal vez habían conocido a muchos lectores. Allí estaba Carrie de Stephen King y algunos otros como El Martillo de Dios de Arthur Halley.  Me convertí en una especie de Stephenkiniano obsesivo. Por supuesto que he leído su obra de arriba a abajo y hasta más. Por ejemplo, IT, una novela de largo aliento con más de 1.200 páginas, es una de las que he repasado hasta cinco veces, además de tener todas las versiones en película.
Pero una vez, encontré en la casa de un amigo poco aficionado a la lectura pero al que le encantaba comprar libros por metros para tapar una enorme pared, un libro escrito por un señor llamado Dean Koontz. Me llamó la atención el comentario de la tapa posterior del libro donde se decía que era el “competidor” de Stephen King. El libro que encontré se titula “Fantasmas” y le pedí prestado el ejemplar que prometí devolver una vez leído, cosa que cumplí. Siempre regreso los libros que pido prestados, pero con los que presto yo no me ha ido tan bien, sobretodo porque se me olvida quien lo tiene. Pues bien, pasado un tiempo después de haber leído a Koontz, tropecé con una novela de Stephen King llamada Apocalipsis, más conocida como La Danza de la Muerte que entre otras cosas en inglés se titula The Stand, que traducido significa el aparador. La novela de King habla de una epidemia aterradora llamada El Capitán Trotamundos, una súper gripa que acaba con la humanidad y en la que se salva una pequeña fracción de seres humanos que deben resolver si irse con el bien o con el mal. El bien, está representado en una anciana que toca la guitarra,  en los vastos campos de Nebraska y a quien todos conocen como Madre Abigail; el mal, está representado en Randall Flagg quien está determinado en acabar con el mundo para quedarse él solito como emperador de la oscuridad… uno lee la novela y termina contento al final.
Y pasó el tiempo…y una tarde conversado con un amigo aficionado a la literatura fantástica me dijo que había salido un libro de un tal Dean Koontz a quien yo conocía por su libro Fantasmas. El amigo me dijo que la nueva novela se llamaba Los Ojos en la Oscuridad y que al igual que King, hablaba de un virus creado en laboratorio. Pues resulta que Koontz habla en su libro de un arma biológica llamada Wuhan-400 que aparece en el año 2020 y dice que fue creado en un laboratorio de Wuhan en China, algo que para ser franco, da miedo…es demasiado impresionante. La novela de Koontz fue escrita en 1981 y la de King en 1978. Y hablando de cosas raras, Mary W. Shelley escribió en 1826 El último hombre, novela que fue retirada del mercado inglés, primero, por ser escrita por una mujer y segundo, porque los hombres ingleses consideraban que una novela sobre una gripa que acaba con los seres humanos era una verdadera estupidez. La novela pudo ver la luz en los años sesenta cuando un grupo editorial la presentó al mundo nuevamente. No deja de ser sorprendente que la autora de Frankenstein también hubiese visionado las muertes masivas causadas por virus. La lista de novelas apocalípticas es larga y sorprendente.
Philip K. Dick escribió una novela maravillosa que leí hace muchos años y cuyo título no era atractivo: “Sueñan los androides con ovejas eléctricas”, que se convirtió en el argumento de la película Blade Runner de Ridley Scott y que aborda el tema de los humanos en un planeta desolado a causa de las guerras nucleares, el consumismo y el afán de hacer edificios arrasando con los bosques y matando la fauna como lo están haciendo hoy muchos constructores. Los humanos deben entonces  inventar robots para que los atiendan. No estamos lejos de eso, de los robots y del fin. Max Brooks escribió una novela extensa sobre zombis que fue llevada al cine como “Guerra Mundial Z” en la que un virus creado en laboratorio convierte a los infectados en violentos muertos vivientes. Y la increíble capacidad de Julio Verne para ver el futuro no deja de sorprender. No solo adivinó la creación de submarinos, globos aerostáticos y viajes al mundo en ochenta días, sino que escribió una novela corta titulada París en el siglo XX en la que describe una ciudad llena de tecnología donde el dinero y el daño ecológico ocasionado por el hombre, convierten a París en un monstruo de cemento y acero donde los habitantes escriben cartas en una pizarra que reproduce exactamente lo escrito en otra pizarra que tiene el destinatario del mensaje. En 1910 Verne escribió una novela corta titulada “El eterno Adán en la que describe la destrucción de la civilización a causa de extraños cambios en el clima que sumergen las ciudades en el mar, dejando a unos pocos sobrevivientes en un enorme barco que llega a un pequeño continente, pero sucumben ante la fuerza de la naturaleza y las nuevas y extrañas enfermedades.
Apocalipsis ya, no es solo el título para este escrito, es que estamos viviendo ese futuro, hoy. Si seguimos acabando con los bosques, la fauna, el agua y los recursos naturales en general, lo que nos espera no estará lejos de lo que dicen esos profetas modernos de la literatura. Somos nosotros los humanos, la plaga que está enfermando al mundo. Cuando la tierra sea infértil y ya no haya nada para sembrar en este pedrusco azul que gira sin descanso alrededor de un sol, sabremos que el famoso apocalipsis fue creado poco a poco y por cada uno de nosotros.
Por lo pronto y mientras llega el fin, les invito a leer a estos profetas, a quienes   encuentran en la biblioteca pública Ramón Correa Mejía de Pereira y por supuesto, los invito a cuidar lo poco que nos queda en esta casa llamada planeta tierra.
Feliz lectura y hasta pronto.

JOSE FERNANDO RUIZ PIEDRAHÍTA
Promotor de lectura. Biblioteca Pública Ramón Correa Mejía
jofer62@hotmail.com