LA
SÁBANA BLANCA
Por José Fernando Ruiz Piedrahíta
Las vacaciones venían pronto. Las
sentíamos cuando faltando un mes, el ansia aumentaba y los compañeritos de
clase contaban sus planes increíbles.
—Apenas
salgamos de clase, mis papis me van a llevar a Miami —decía Pulido quien era el
más pinchado y rico del salón.
—Yo
me voy para la costa donde unos primos y me voy a bañar en el mar hasta que me
salgan aletas —aseguraba con cierto brillo en los ojos.
Todos
contaban sus planes vacacionales con cierto orgullo y con la esperanza de
abandonar los libros en el armario, aunque fuera por un mes. Pero yo… no tenía
planes. Podría decir que temía la llegada de las vacaciones. Hay que entender que por esos años no
existían los hoteles agro-campestres, nadie hablaba de ecología ni de como
preservar la naturaleza. La finca de mis primos era una finca cafetera de
largos corredores enchambranados, con piso de madera encerado, habitaciones que
se comunicaban por un laberinto de puertas que permitían ir de un extremo a
otro de la enorme casa que carecía de servicio de energía eléctrica. Lo más
terrible era esperar la llegada de la noche para alumbrarse con velas de cebo.
No, yo no quería ir otra vez a la finca de los tíos en la Antioquia profunda y
campesina. Yo quería conocer el mar, pero a mi padre no le interesaba. Así que
llegó el temido momento de abordar la flota para irnos a la finca de los tíos y
de los primos que no iban a la escuela porque les parecía que era bobada eso de
saber leer y escribir.
Ayyy
Bendito… Después de varias horas en el bus, tenían que pasar otras dos horas en
un incómodo Willys por caminos destapados donde se veían profundos abismos. Y llegamos
en medio del mosquero y zancudero producido por las aguas contaminadas por el café
que acababan de despulpar y la fetidez que siempre recodaré. Iba con mi madre que
estaba de acuerdo en que el niño debía alejarse de los deberes escolares y
untarse un poco de la vida al aire libre. Pero a mí me daba miedo el aire
libre, el campo y mis primos… qué iba a hacer sino resignarme a la suerte de
mis vacaciones de mitad de año. Por lo
pronto ya nos bajábamos en la entrada de la finca. Los primos estaban más
grandes que el año anterior y más silvestres que nunca con su hablado recio.
—Oigan
llegó el niño de la ciudad —gritaban mientras corrían a mi alrededor y pedían
los regalos que traíamos para ellos.
Lo
más tormentoso de la estadía allí era el uso del baño. Orinar era una tortura
espantosa porque el caserón no tenía sanitarios en su interior. Había que ir
una caseta a cincuenta metros donde se hacía toda aquella labor en un agujero
que daba a un riachuelo. Ni siquiera voy a mencionar los usos higiénicos que se
estilaban por aquellas regiones. Así que esa primera noche le pedí a mi madre
que me acompañara a la chambrana del corredor que daba al patio trasero para vaciar
la vejiga. Alumbrados por la luz mortecina de una vela de cebo me acompañó a
miccionar por entre la chambrana apuntando al patio de tierra. Entonces vimos
al ternero que bajaba por el camino mal iluminado en la noche de luna. Un
ternero vagando en la noche por esos abismos no tenía mucha oportunidad de
vivir.
—Ayyy
mira el ternerito se va a caer por el precipicio… Hay que avisarle a Aníbal
para que lo entre al corral—Dije sintiendo pesar por el animalito
—Si
niño… termine pues y vamos a avisarle —Dijo mi madre.
El
animalito llegó a donde estábamos y casi le mojé la testa con el último
chorrito que quedaba y de manera inexplicable el ternerito pareció crecer,
engordarse y salir volando convertido en una sábana blanca que llegó al techo
de la casona. Mi madre me agarró como pudo y yo salí casi en volandas con el
pequeño instrumento afuera del pantaloncito corto. Arriba la sábana reía con
carcajadas estridentes que pronto despertaron a todos los familiares y peones.
Unos salieron en paños menores armados de machetes, azadones y viejas
escopetas. Mi madre me entró al cuarto donde la oscuridad era absoluta, pero oía
con claridad que eso estaba arriba desacomodando tejas con lo que parecían ser
fuertes garras o pezuñas y por supuesto no dejaba de reír a pesar de las
detonaciones de las escopetas. La cosa levantó vuelo, pues oía el batir de
grandes alas en medio de la oscuridad. Llorando suplique:
—Mamá…
quero irme a la casa para poder ver televisión y usar el baño con papel
higiénico.
Mi
madre comprendió y aunque esa noche no pudimos dormir, al otro día nos fuimos
bien temprano sin hacer caso a las explicaciones de los tíos y a pesar de las
risas de los primos.

