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domingo, 14 de abril de 2024

 

HOLA HOLLY

Por José Fernando Ruiz Piedrahita

Sobre la última novela de Stephen King

            Acaba de cumplir 76 años el pasado 21 de septiembre y lleva es su haber 64 novelas y 11 antologías de relatos originales. Además, escribió el guion del capítulo titulado “Chinga” para Archivos secretos X. Digamos también que su novela La tormenta del siglo fue escrita de una manera única para el lector constante, pues en esta larga historia hay un guion de cine con todos los elementos necesarios para aprender a escribir para el séptimo arte. De hecho, siempre pongo esta novela como ejemplo de escritura cinematográfica.

            Estamos hablando de “El Rey del Terror” el señor Stephen King sobre el que no nos cansaremos nunca de escribir, aun sabiendo que nunca le será otorgado el premio Nobel de literatura, pues los estándares de la academia son muy diferentes a los que él nos da cada año. En la obra de King hay personajes intensos, creíbles, atormentados y misteriosos. Nos puede dibujar con palabras al monstruo que pudiera ser nuestro vecino del edificio o de la cuadra. De los monstruos comeniños, los demonios inconformes en su infierno o aquellos que sufren porque ven más que cualquiera. Stephen King a ensayado con tremendo éxito un género que gusta mucho, la novela negra.

Con tres libros dedicados totalmente a la investigación detectivesca nos ha permitido conocer a un personaje que él mismo empezó a amar: Holly Gibney. Aparece ella tímidamente en la primera novela de policías titulada Mr. Mercedes como ayudante intensa e intuitiva del detective privado Bill Hodges quien está ya entrado en años y que se involucra en la persecución de un sociópata llamado Brady Hartsfield quien durante una madrugada arremete con su pesado Mercedes Benz 201 contra la fila de aspirantes a varios empleos que ofrece la alcaldía de esa ciudad. En la segunda entrega de la trilogía, titulada El que pierde paga Stephen King le da un poco más de protagonismo a Holly dándole la oportunidad de resolver situaciones muy comprometedoras, y en el último libro titulado Fin de guardia, ella se convierte en coprotagonista y pieza fundamental de la resolución final. Junto a su amigo Jerome hereda la agencia de detectives, desapareciendo de la escena literaria.

La trilogía iniciada con la novela Mr. Mercedes apareció en el año 2014 y es hasta 2018 que Holly Gibney aparece de nuevo en el imaginario del lector, entrando en acción en la segunda parte de la novela El Visitante ayudando al detective Ralph Anderson a descubrir cómo una persona puede estar en dos lugares a la vez, pues el asesino de un niño tiene que ser el entrenador del equipo de beisbol del cual el chico era parte, pues las evidencias en su contra son contundentes: la sangre, el ADN y fragmentos de su piel están diseminados en toda la escena del crimen, pero el detective descubre algo impensable, y es que el supuesto entrenador, el día del crimen estaba al otro lado del país y puede probarlo porque fue invitado a dar una conferencia que fue transmitida por televisión. Holly y su forma de investigar le permiten descubrir cómo fue eso posible… No puedo decir más.

            Holly sale nuevamente de la escena literaria y debe esperar dos años más para hacer su quinta aparición en la novela corta La sangre manda para descubrir a un ente que lleva cientos de años causando tragedias y perpetrando males para la humanidad disfrazado de periodista, así como hubo un payaso que se llevaba a los niños para comerlos en las alcantarillas profundas de un pueblo llamado Derry. Es en esta novela corta donde Holly hace su primer protagónico, pero en el libro no está sola, le acompañan El teléfono del señor Harrigan, La vida de Chuck y la Rata, otras tres novelas cortas en la que debo destacar además de la historia de Holly, el relato El teléfono del señor Harrigan que en su versión escrita es tremendamente impactante, aunque no pasó lo mismo con la versión cine.

            Amigos y lectores constantes del rey del terror: Holly Gibney regresa como personaje principal de una novela de largo aliento donde no hay fantasmas, monstruos surgidos de la maldad, ni nada de eso. Es un Thriller psicológico donde Holly debe descubrir el paradero de una chica desaparecida cuya madre está desesperada pues las autoridades poco caso han hecho a las súplicas para que la ayuden a encontrarla.

            La novela Holly llegó hace dos días a mis manos y no he podido soltarla. Voy por la mitad y no puede uno dejar de sorprenderse de la ingeniosidad y originalidad del escritor del Maine, que es el estado donde reside el autor en Estados Unidos. Debo terminar de leer este libro antes del 5 de octubre, porque voy a presentarla en la Feria Paisaje, Café y Libro de la Cámara de Comercio de Pereira, o más conocida como la feria del libro de nuestra ciudad.  Le invito para nos reunamos el 5 de octubre en el salón Virginia a las 2:00 p.m. para conversar sobre Holly, la nueva novela de Stephen King.

            Le aseguro un rato divertidamente aterrador.

 

 

JOSÉ FERNANDO RUIZ PIEDRAHITA

 

PELIGRO … PELIGRO… PELIGRO WILL ROBINSON!




Por José Fernando Ruiz Piedrahíta – Epicurista Stephenkiniano.

            La frase con la que titulo este artículo, era la alerta del robot de control ambiental B-9 de la nave Júpiter, ante una situación de peligro. La idea era viajar a Alfa Centauri, un sistema de planetas que estaban a cinco años luz de una tierra que para el año 1967 se estaba quedando sin recursos naturales. Para ello, el gobierno de Estados Unidos escogió una familia modelo con el fin de enviarlos a explorar el plantea similar a la tierra para ser colonizado. La misión debía durar 5 años, pero la fatalidad y la envidia del ser humano, hicieron que una nación desconocida infiltrara en la nave a un espía experto en programación robótica e inteligencia artificial llamado el doctor Zacarías Smith, más conocido como el Dr. Smith, para alterar el sistema de navegación occiloscópica de la nave Júpiter 2.

            La familia Robinson debía someterse a la criogenización durante 5 años y estaba compuesta por el profesor John Robinson, su esposa la científica ambientalista Mauren, sus dos hijas Judy y Penny y su hijo William, quien demostró ser el niño más inteligente de la tierra según pruebas realizadas antes de viajar al espacio profundo y el piloto del cuerpo espacial Donald West. Con ellos iba la unidad robótica autónoma de control ambiental y ciber vox B9 quien tenía como misión explorar el planeta destino y determinar la habitabilidad del mismo. La nave inicia su viaje, pero el doctor Smith suma su peso corporal a los cálculos iniciales del lanzamiento y ésta pierde el control, iniciando así su viaje errático por el espacio donde se encuentran con cientos de planetas extraños, algunos habitados y otros hostiles al ser humano, pero siempre acompañados del incómodo polizón, el Dr. Smith.

            En esta aventura espacial, juega papel preponderante el robot B9 quien, gracias a su inteligencia artificial, sus receptores de proximidad y demás propiedades, puede advertir sobre la presencia de peligro en los mundos explorados. La relación entre el robot y el doctor Smith se evidencia en toda la serie, pues experto en tecnología ha programado al robot para que le salve de todo mal y peligro. Smith le cambió la configuración para que le obedeciera. Con Will Robinson, el robot tiene una relación casi afectuosa, manifestándose tal vez por primera vez, la posibilidad de que una máquina pudiera tener sentimientos, pues el robot siempre prefiere al niño quien procura reprogramar a la máquina que como anoté, había sido intervenida por el cobarde y vanidoso doctor Smith.

            He sido durante mi vida un fanático, admirador y seguidor de las series creadas por Irwin Allen (Perdidos en el espacio), Gene Rodennberry (Viaje a las estrellas), George Lucas (Guerra de las galaxias) y los escritores de la ciencia ficción como H.G Wells (La máquina del tiempo), Edgar Rice Burroughs (La princesa de Marte), Julio Verne (De la tierra a la luna), Mary W. Shelley (Frankenstein, el nuevo Prometeo).

            Cuando alguien imaginó el mundo futuro y pudo determinar lo que el ser humano podría hacer, se creó el género de la ficción científica, un campo en el que podemos encontrar el concepto de la inteligencia artificial, tan de moda actualmente. Pero el verdadero creador del concepto de la robótica es el escritor Isaac Asimov (Fundación en Imperio) cuyos conceptos se usan hoy día en la creación de asistentes cibernéticos para la vida cotidiana.

            REGLAS BÁSICAS DE LA ROBÓTICA

-       Un robot jamás hará daño a un ser humano, primera premisa.

-       Un robot obedecerá las ordenes de un ser humano, siempre y cuando no entren en conflicto con la primera ley, es la segunda premisa.

-       Un robot protegerá su propia existencia en la medida en que esta orden no entre en conflicto con la primera y la segunda.

            La ley cero dada a la inteligencia artificial es una mente cibernética que protegerá siempre a la humanidad y no permitirá que otra mente artificial le haga daño o sea exterminada. En la saga Terminator, esta última ley es borrada por el sistema Skynet y procura acabar la vida sobre la tierra.

            Muchas personas tienen miedo de la inteligencia artificial porque podría reemplazar con mucho éxito nuestras actividades laborales; la inteligencia artificial puede escribir artículos mucho mejores que éste que usted está leyendo, puede analizar a profundidad cualquier cosa que se le plantee, pues actúa e imita el proceso de pensamiento del ser humano haciéndolo mejor y con más rendimiento, pues no conoce la fatiga. Mi vecino tiene el asistente Robot Mopping Scooba que anda por su apartamento aspirando los rincones de manera silenciosa mientras su perro analiza al nuevo intruso. A pesar del chat GPT, robots que quieren fabricar pandemias, asistentes tecnológicas y demás, creo que aún nos falta mucho “pelo pa moño”, es decir, mucho tiempo para vivir el futuro tal y como lo hacen en las películas de ciencia ficción, pero para las generaciones que vienen sí será posible…obviamente si la inteligencia artificial SKYNET no determina acabar con la humanidad como lo plantea la película Terminator.

Por lo pronto, les voy a dejar una pequeña lista de películas de ciencia ficción para que comprendamos mejor eso de la A.I. (Inteligencia Artificial por sus siglas en inglés)

-       PLANETA PROHIBIDO – 1956 – FRED WILCOX

-       UNA ODISEA EN EL ESPACIO – 1968 – STANLEY KUBRIK

-       BLADE RUNNER – 1981 – RIDDLEY SCOTT

-       TERMINATOR – 1984 – JAMES CAMERON – ALLAN TAYLOR

-       AGUJERO NEGRO – 1979 – GARY NELSON

-       CONTACTO – 1997 – ROBET ZAMEKIS

-       HORIZONTE FINAL – 1997 – PAUL W.S.  ANDERSON

-       SERENITY – 2005 – JOSS WHEDON

-       DUNE – 1984 – DAVID LYNCH

-       TENET – 2020 – CHRISTOPHER NOLAN

-       IDEOCRACIA – 2006 – MIKE JUDE

            Nos queda eso sí, algo que ninguna inteligencia artificial podrá robarnos, ni siquiera imitar, y eso se llama Corazón.

 

ROJO NAVIDAD


Cuento de terror para esperar al niño Dios

 

            No es fácil soportar el continuo quejar de una persona enferma a quien los cuidados paliativos para el dolor ya no le son eficaces.  Los continuos gritos desesperados a causa de la dolencia empiezan a romper a las personas que deben cuidar al paciente. Nuestra madre llevaba ya seis meses postrada en cama soportando el dolor continuo que le causaba la enfermedad. Como no soy médico voy a ahorrar palabras en lo que la ciencia médica hizo o no pudo hacer. Las continuas visitas del personal sanitario que debería atender con inyecciones cada vez más fuertes eran ya recurrentes. Mi hermana se había librado de la tortura continua en la que se convirtió mi madre, cuando decidió irse a vivir a Europa con sus dos hijos y un esposo idiota que hacía todo lo que ella decía, pues era pusilánime y le interesaba solo el bienestar propio, pues mi hermanita era una mujer de buenos recursos económicos gracias a la pensión que recibía del estado. A ella no le tocó todo este proceso de dolor y desesperación. Pero jugó un papel fundamental a la hora de tomar la decisión más grande que una persona debe hacer en la vida como es aquella en la que el médico le dice a uno si autoriza a realizar maniobras de resurrección de una persona cuando se pone muy grave y hay peligro de muerte. Mi madre llegó a un punto tal de la enfermedad que una noche me dijo casi a gritos que deseaba la muerte, que no soportaba más vivir en esa condición de continuo dolor. La muerte era entonces la vía de escape para dejar de sentirse miserable por un cuerpo enfermo que la encerraba y la mantenía prisionera. El alma desea volar, liberarse de la carne que duele, suda y necesita ir al baño.

— Jure mijo que me dejan ir… yo no soy capaz de quitarme la vida, pero si llega el momento de tener que decidir por mí, diga que no me hagan nada… quiero irme lo más pronto posible… júrelo mijo… por Dios y por mí.

Juré que lo haría, pero la vida da muchas vueltas y llegó el momento en que su pobre humanidad no resistió más el dolor. Hubo que internarla en el hospital donde hicieron lo que se podía. En la tarde de ese día a mediados de noviembre el doctor me llamó a parte y me dijo:

—Su mamá está muy mal, la hemos inducido a un coma para evitarle más dolor, pero no creo que sobreviva a mañana. Debe tomar la decisión si desea que le hagamos maniobras de resurrección.

No pude hacerlo yo solo y llamé a mi hermana para que entre los dos llegáramos al acuerdo de dejarla ir, pues era suficiente el sufrimiento que había tenido que vivir.

—Cómo se le ocurre. Yo voy a viajar en quince días para pasar la navidad con ustedes y quiero que mi mamá esté bien para que reciba los regalos que le llevamos y que los niños la vean por última vez. Así que dígale el médico que la alivie para que pasemos navidad juntos ¿oyó?

Era como una orden perentoria a la que no podía rebatir. Así que le comuniqué al médico la decisión, pues lamento decir que yo también estuve de acuerdo porque me hacía ilusión que mamá pudiera estar con nosotros en navidad. Profundo error que no he terminado de pagar. Como ya expliqué no tengo mayores conocimientos médicos, pero lo que haya sido que hicieron en el hospital dio resultados. Mi madre despertó del coma con mayor dolor que aquel padecido días atrás. El médico me miró con desprecio:

—Egoístas. —dijo.

Mi madre fue dada de alta dando gritos de dolor y de rabia. Se sumaba la ira a su condición y fue recetada con morfina, lo cual calmaba un poco el sufrimiento. María Elena llegó a los quince días prometidos cuando las luces de la ciudad se encendieron dando la bienvenida a la navidad. La plaza de Bolívar, el parque el Lago, el de la libertad y la plaza Victoria lucían millones de luces que parpadeaban esperando la llegada del niño Dios. En el barrio las rumbas no daban descanso lo que para nuestra familia se convirtió en una tortura, pues mi madre no podía dormir y era necesario a veces ponerle más morfina. Mi hermana poco paraba en la casa porque se iba temprano para el centro comercial o para San Andresito a ver regalos y comprar cosas que su economía le permitía. Mi madre en uno de esos días de lucidez y bajo dolor se quedó mirándome y me dijo:

—Vos juraste que no ibas a permitir que me devolvieran a este mundo de asco a seguir sufriendo.

—Mamá… yooo…

—Cállate pendejo… No creo que pase el veinticuatro con ustedes, pero si llego a estar viva para esa fecha… yo si te juro que van arrepentirse y nunca más en lo que les quede de vida a ustedes dos volverán a disfrutar de diciembre. Y cuando me muera me entierran como a los buenos cristianos… ni se les ocurra irme a quemar…

La ira que brillaba en sus ojos me congeló el corazón haciéndome comprender que había sido un terrible error dejarla vivir en esas condiciones. Las navidades para nosotros fueron siempre un tiempo de alegría, de fiestas familiares con natilla elaborada por nuestra madre en una paila que poníamos en el patio y que entre todos mecíamos para que quedara bien espesa. La navidad fue para nosotros el tiempo de hacer el pesebre en un rincón de la sala, pues a mi madre le gustaba hacerlos grandes como en sus épocas de niña. El arbolito de navidad lleno de luces de color y bolas rojas que año tras año poníamos con peluches de muñecos de nieve, papás Noeles y la estrella dorada en lo alto del pino artificial. María Elena animaba a nuestra madre mostrándole la ropa que iba a estrenar, los juguetes comprados para Hugo y Luisito, la cena que había mandado a elaborar en un restaurante especializado en banquetes navideños. Mi madre la miraba con desprecio. Llegó el tiempo de la novena que rezábamos en el cuarto de nuestra madre porque ella no quería levantarse de la cama y menos comer buñuelos, natilla y gaseosa. Mi mamá no quería nada.

El veintitrés de diciembre cuando rezábamos la novena en su octavo día mi mamá empezó a toser. Se oía en su pecho la flema cada vez que se sacudía en los accesos de tos. Hacía un ruido espeluznante con la boca cuando intentaba tomar aire, era como el sonido de gorgoteo del sumidero de la cocina cuando se tapaba de desperdicios de la comida. Ya estábamos terminado la oración al niño Jesús que es la última de la novena cuando empezó el episodio que nos obligó a llamar a la ambulancia para llevarla al hospital. Me fui en la ambulancia acompañándola porque mi hermana no quiso dejar los niños solos en la casa, así que mi cuñado se fue detrás de nosotros en el carro alquilado por ellos mientras estuvieron de visita. A mi madre la ingresaron de urgencias y allí le hicieron las maniobras necesarias para aliviarle. La pusieron en un cuarto con otros pacientes y yo me quedé en la silla para acompañantes. Oía que su pecho burbujeante en cada inspiración y como un lamento breve y suave salía de su boca con cada expiración. Pasaron las horas con ese ruido característico de las salas de urgencias donde el ir y venid de enfermeras, médicos y pacientes nunca termina. Salí a buscar a mi cuñado que estaba en el carro esperando alguna razón de la condición de mi madre. Le resumí lo mejor que pude la situación y bebimos café de máquina. Le dije que se fuera a descansar que me quedaría cuidándola, pues ella dormía por fin. Álvaro se fue y regresé al cubículo dende mi madre dormía al parecer plácidamente como hacía mucho tiempo no lo hacía. Todo empezó a ir mal desde el momento en que vi que un líquido espumoso y verduzco salía por las fosas nasales de mi madre obstruyéndole la cánula respiratoria. Me acerqué un poco más para asegurarme que estaba viendo algo anómalo y el olor a podredumbre me golpeó la cara haciendo que me retirara con el sabor de la bilis en la garganta. Salí corriendo pidiendo auxilio por el pasillo lleno de pacientes sin poder evitar el chorro de vómito que salía de mi boca y nariz. La gente que estaba cerca salió huyendo mientras dos enfermeras me auxiliaban y el personal de aseo corría con los traperos para limpiar el desastre. Logré decir a las enfermeras que mi madre estaba muriendo, así que el médico de turno entró a la habitación rápidamente a prestar ayuda a mi madre, pero salió nuevamente con cara de tragedia en el rostro.

—Hay que sacar a los otros pacientes porque la señora tiene una fuerte rinorrea.

Luego supe que eso era cuando salen líquidos infecciosos por vía nasal, los pulmones de mi madre se estaban saliendo por su nariz empeorando su situación mucho más. Esperaba que todo acabara pronto y que por fin ella descansara de tanto sufrimiento, pero a veces el destino es cruel y nos deja un poco más para purgar en este mundo los errores cometidos por nuestro egoísmo, falta de juicio y tolerancia. Mi madre, lamento decirlo, no murió esa madrugada. Dios o el diablo quisieron que se quedara un día más para nuestro desespero porque mi madre no murió con tranquilidad en el sueño bendito de quienes se van apagando poco a poco yéndose despacio con una sonrisa en los labios y murmurando bendiciones para los que se quedan con el corazón tranquilo de una buena muerte.

Mi madre murió maldiciéndonos, entre gritos de dolor y lágrimas de angustia. El veinticuatro de diciembre a las diez de la noche, cuando en muchos hogares reina la felicidad, donde en muchos hogares empiezan la cena de noche buena, donde en muchas casas abren los regalos y los niños gritan de felicidad; mi madre expiró mirando a mi hermana y a mí con un odio tan profundo que aún hoy me amarga la vida. No hubo fiesta navideña, ni cena, ni entrega de regalos, ni abrazos; nada de nada. Esos dos días de agonía de mi madre la consumieron de tal manera que cuando nos estregaron su cuerpo no era más que un esqueleto forrado con piel machada por la edad. Sus ojitos se habían hundido en las cuencas del cráneo y su boca se había quedado abierta en un último grito de dolor y desespero. María Elena llevó un vestido verde tornasolado que había comprado en un centro comercial para regalarle a mi madre en la navidad y que le sirvió de mortaja porque yo no quise que le pusieran el hábito de carmelita que solían ponerle a los muertos en ese tiempo. El día de la navidad enterramos a mi madre en el cementerio San Camilo de Pereira, cuando íbamos en el coche fúnebre aún se podían ver los restos de las fiestas nocturnas, niños que estrenaban sus triciclos y bicicletas nuevas traídas por el niño Dios. Nosotros en cambio asistimos a la misa exequial en la parroquia de los Dolores adjunta al cementerio y acompañamos el féretro hasta su última morada en una de los largos corredores donde mi madre había comprado hacía muchos años una bóveda. Allí quedó puesto su cuerpo devastado por la enfermedad.

            Llegó el fin de año sin fiesta, ni deseos de bienaventuranzas para el año nuevo, tampoco abrazos ni uvas. Tuvimos que soportar el ruido de la cuadra y oír las felicitaciones y abrazos mientras tratábamos de pasar esos días de tristezas. Mi hermana se fue para Europa a mediados de enero del nuevo año así que la acompañé al aeropuerto para despedirla junto al esposo y los sobrinos. En el momento del último abrazo estuve tentado de culparla a ella por el dolor causado a nuestra madre, pero mejor me guardé la amargura en el corazón esperando que ella misma se diera cuenta que nada de esto habría pasado si fuera menos egoísta. La vi entrar al avión por el túnel de pasajeros quienes casi corrían a su destino y la perdí de vista cuando con su esposo e hijos finalmente se marcharon.

Paso el tiempo como suele pasar en su carrera loca hacia adelante, los meses se iban yendo con sus semanas, días y horas. El recuerdo de nuestra madre me asediaba minuteramente, pues todo en casa recordaba su presencia, los olores del límpido cuando pasábamos el trapero, el olor que salía de las parrillas cuando asábamos las arepas y últimamente un fuerte olor a natilla que se esparcía por toda la casa sin que nadie estuviera removiendo un mecedor. Faltaban dos meses para que llegara diciembre y la verdad temía el momento de sacar nuevamente el árbol, las figuras del pesebre y los adornos que ponía nuestra madre en las puertas, pues con mayor fuerza recordaba los acontecimientos pasados en la época decembrina. El tiempo es inexorable y no se detiene   por lo que el mes de la dicha llegó por fin con las luces adornando nuevamente la ciudad con figuras y colores diferentes al año anterior, pero en esencia lo mismo. Mi hermana pocas veces llamó y cuando estaba cerca la primera semana de diciembre en una de esas escasas llamada dijo que no vendría a casa en esta navidad, pues según ella mi cuñado tendría que trabajar en el ayuntamiento de la ciudad donde residían. No quise contradecirla, pero me di cuenta por el tono de su voz que se sentía culpable por todo el desastre causado hace un año.

Sacamos el árbol a en la segunda semana de diciembre y empezamos a ponerle las luces, las bolas, los peluches y demás adornos. Estaba poniendo una bola roja de buen tamaño y me vi reflejado en ella con la deformidad natural de la esfera, pero la sangre se heló en mis venas, pues al lado de la figura contrahecha de mí mismo, estaba la figura de mi madre. Casi dejé caer la frágil bola de vidrio e instintivamente giré la cabeza para ver si alguien estaba a mi lado, pero estaba solo en la sala. Nos dimos cuenta del olor a natilla porque la vecina un día pasó frente a nuestra casa y nos dijo con alegría.

—Ojalá este quedando bien buena ese natilla… Hum, huele delicioso, por la tarde traigo uno buñuelos y hacemos un compartir… Chao…

Yo no estaba haciendo natilla, ni buñuelos. Algo en el sub consciente me hizo recordar que ese olor se extendía por la casa cuando mi madre hacía el natilla en el patio cuando estaba en vida. Fui casi corriendo hasta la parte de atrás de la casa casi esperando ver el fantasma de mi madre removiendo con el mecedor la natilla que giraba lentamente en la paila, pero allí no había nada más que las materas viejas y alguna ropa extendida que se secaba al sol.

 


 

SE ME PERDIÓ LA CADENITA

Mi primer baile, pero no mi primer beso

            Pedíamos permiso para todo. Nunca imaginábamos solicitar autorización para quedarnos en la casa de un amigo cuando nos invitaban a una fiesta. Jamás pasó por nuestra cabeza siquiera pensar que podríamos ir con la novia a un paseo a la costa con quedada los dos solos. No. Jamás. Nunca. Imposible.

La primera vez que fui a una fiesta pedí permiso para asistir con ocho días de antelación, con recordatorios diarios,  soportados con las llamadas de los padres de algunos amigos que andaban en las mismas mías, es decir solicitando avales para que nos dejaran ir a la bendita fiesta que no era más que un pequeño bazar parroquial con empanadas y gaseosa que tenía como fin recolectar recursos económicos para arreglar el pequeño proyector de cine y así pasar películas de corte moral y religioso los viernes en el patio de la casa cural. Imagínese la zanahoriéz de la reunión. Yo ya tenía novia, pero en mi casa aún no sabían y pensaba cómo abordar el tema y decirles que yo ya estaba grande y que tenía novia y que podía ir a fiestas barriales, paseos y al cine. Por supuesto que no estaba grande, era un niño de apenas quince años que empezaba a asomarse a los abismos del amor donde podía caer en profundas desesperanzas, pues acaso no se dice que ¿no hay amor más intenso que el primero o por lo menos inolvidable?

Pues me dieron permiso, pero solo si me acompañaba a la fiesta mi madre. ¿Se imaginan? Había planeado bailar con mi novia y besarla en medio de alguna canción, así como en las películas, pero el baldado de agua fría aún faltaba, pues a ella también le dieron permiso para ir, pero con su padre. Así que de besos y abrazos nada.

Ay qué fiesta. El patio de la casa cural había sido dispuesto con mesas de salón de bingo con mantel blanco e incómodas sillas plegables de madera que solíamos llamar aplana nalgas. El padre dispuso dos cornetas de amplificación para la música y la venta de empanadas con gaseosa. Trago no se vendía porque iban muchos jovencitos como yo. Allí llegué con mi madre y ella llegó con su padre y en un momento de suma incomodidad le dije a mi madre que ella era mi novia y que el señor que la acompañaba era su padre y ella le tuvo que decir a su papá lo mismo, pero al revés es decir novio con novia y novia con novio y también de hombre a mujer del mismo modo en el sentido contrario. Finalmente, mi madre y su padre se saludaron y se sentaron con nosotros en una de las mesas. Pedimos una bandeja de empanadas y gaseosas y entonces el que pone los discos, puso un casete con el estreno del momento: Se me perdió la cadenita en la voz de Lucho Argain y la Sonora Dinamita. Era el año 1978. Entonces le pedí permiso al padre de ella para sacarla a bailar y temblorosos los dos salimos al centro del patio parroquial y por primera vez sentí el cuerpo de una mujer cerca de mí. Por su puesto también fue la primera vez que bailé con una chica real. Ella me dijo al oído que era su primera vez también.

Qué hermoso.

Pedí permiso a mi madre para pedirle permiso al papá de ella para que me diera permiso de ir a visitarla y el señor le dijo a mí madre que le daba permiso para que yo le hiciera visita. Éramos muy respetuosos con nuestros padres y considerados con ellos. Porque nosotros los de nuestra generación si cumplíamos eso de honrar padre y madre que además era mandato divino. ¿Cómo fue entonces que nuestra generación que tanto temió a sus padres ahora tememos a nuestros hijos? Los hijos de nuestra generación al parecer crecieron sin Dios ni ley. Nos llenamos de miedo de castigar a los hijos porque resulta que nos podían demandar. No se les puede llamar la atención porque entonces estamos vulnerando sus derechos… enderezar el camino de los hijos es una tarea que los padres perdimos en las cortes y en la ley, porque con ese cuentico de que hay que dejar que se desarrollen su personalidad y que tiene derecho a escoger su propio desarrollo, perdimos la autoridad que como padres se supone deberíamos tener. Ahora los chicos se van sin decir para donde y no se les puede preguntar porque no es asunto de los papás. No se les puede advertir sobre malas amistades porque resulta que nos tachan de viejos retrógrados y mucho menos decirles que lleguen temprano porque eso vulnera su libre desarrollo.

Te extrañamos mucho doctor Chancleta.

Este doctor fue el mejor psicólogo que jamás existió (Aquí pueden gritar los psicólogos y si desea puede abandonar esta lectura). Con este profesional nunca nos perdimos en locuras y supimos bien quienes éramos; nos enderezó el camino y que yo recuerde a mí si me dieron algunas veces mi correazo y amigos les confieso nunca me ha dado por convertirme en asesino serial, violador, corrupto o criminal. Por el contrario, recordando las enseñanzas y correctivos que mis padres me impusieron, estos hicieron de mí y de millones de ciudadanos de mi generación mejores personas. Lástima que estamos atados para enderezar a nuestros vástagos, tan irrespetuosos, ofensivos e ignorantes. Qué pocos chicos hoy se han criado como corresponde a una sociedad que pueda convivir si atropellarse. Lastimosamente nuestros jóvenes adolecen de conocimiento, de sentido de pertenencia y de respeto por lo demás. Si no respetan a sus padres, menos respetarán a las personas ajenas a su entorno familiar. Pobres hijos presa fáciles de reclutadores de la violencia que se campean largos años por las universidades camuflados de estudiantes con aspecto de catedráticos de los viejos que están o de amigos inmorales sin valores que los inducen fácilmente al consumo de estupefacientes. Pobres hijos que crecieron sin las enseñanzas morales o espirituales porque esos asuntos de Dios son puras güevonadas de viejos pendejos y lame ladrillos.

Nunca se me perdió la cadenita, siempre la tuve conmigo como recuerdo de que la vida no es fácil, aunque creamos que lo es gracias a las absurdas leyes que nos inundan y dejan libres a delincuentes y enfermos peligrosos en las calles. Yo no creo en ese cuento chino y reforzado de que uno nace y la sociedad lo hace. Nada más lejos de la verdad. Uno nace y la familia lo va orientando hacia el bien, pues no es lógico que a una persona la críen para el mal… aunque como está este mundo nada raro sería.

Carmen se me perdió la cadenita

Con el cristo del nazareno

Que tú me regalaste

Que tú me regalaste

 

Carmen por eso no voy a olvidarte

Si ahora te llevo dentro

Muy dentro de mi pecho

A ti y al nazareno

A ti y al nazareno

 

Y mientras sonaba la canción en la cinta del casete. Yo olía su perfume mientras pensaba qué sería de nuestro futuro, si es que iba a ver algún futuro como lo soñábamos, con tecnología y armonía, nunca sospechamos que llegaría el día que un delincuente tuviera más derechos que un ciudadano común y corriente. Hoy muchos años después frente al teclado del computador habría de recordar esa canción cuando mi madre me llevó al baile del patio de la parroquia y el perfume de aquella novia, a flores en su cabello negro ensortijado.

 

JOSÉ FERNANDO RUIZ PIEDRAHÍTA

Comunicador social y periodista

Miembro Honorario Academia Colombiana de historia, literatura y arte.

 

 

 

YA NO DOBLAN LAS CAMPANAS

            Me quedé mirando la torre de la iglesia y recordé que cuando era un pequeño monaguillo tocaba las campanas anunciando la santa misa. Normalmente lo hacía en la misa de 7:00 a.m. o de 6:00 p.m. y llegaba una hora antes, porque la actividad de tocar las campanas era un verdadero rito. Si la misa era a las 6:00 p.m., el primer toque se hacía a las 5:15 p.m., el segundo a las 5:30 p.m. y el tercero a las 5:45 p.m. En el campanario había dos campanas, una de mayor tamaño con un sonido más grave, y la segunda, más pequeña, con una nota más alta. Se tocaba primero la campana menor ocho veces y luego la mayor, otras ocho; después, con el mismo número de “jalones”, se tocaban las dos campanas emitiendo un hermoso sonido que convocaba a la misa. La feligresía sabía cuál era el significado de cada toque de campana.  Por aquellos años nunca supe que algún vecino se molestara por el sonido y jamás en la parroquia donde servía de monaguillo, llegó alguna queja por el campanario. Hace ya algunos años me he dado cuenta que las campanas de las iglesias se han silenciado en la mayoría de los templos católicos de mi ciudad. Descubrí que una señora en Ibagué demandó a la parroquia de San Francisco de la capital musical de Colombia porque el toque de las campanas la molestaba, ya que vivía a dos cuadras de la iglesia. La demanda no prosperó debido a que descubrieron que la señora se iba a trabajar a la seis de la mañana, quince minutos antes del primer toque y regresaba en la tarde después del último toque de la misa vespertina; pero la verdadera razón de la demanda, era que la señora deseaba construir uno osario tipo panteón en el jardín de la casa cural para depositar allí los restos de sus familiares ya fallecidos, cosa que el párroco no apoyó, por lo que la dama la emprendió contra el párroco y por ende, contra las hermosas campanas del templo y ese, fue el inicio lento del acallamiento de los tañidos en las iglesias.

Han pasado los años y veo con nostalgia que muchas de las cosas sencillas que nos hacían felices y marcaban la vida de la comunidad, ya no están. Las nuevas generaciones en muchos casos, no reconocen las costumbres, además, cualquier actividad religiosa es sensible de ser sancionada, incluso, el simple hecho de que en un barrio exista una capilla, al parecer, por ofender a quienes no practican una u otra religión. Me tildarán de anticuado, pero siento que ahora todas las cosas ofenden. Así como las campanas se fueron callando por la intolerancia de quienes se ha sentido molestos por su sonido, la escuela también fue sacando la historia, la geografías, la urbanidad ya no existe y si por ejemplo, se le llama la atención a alguien por decir una grosería en público o no saludar, se nos acusa de intervenir en el libre desarrollo de la personalidad, lo cual puede generar traumas de comportamiento social y comunitario haciendo que el sujeto no se adapte al entorno. Lo que contaré a continuación parece un chiste, pero es real.

Una tarde, en la que dictaba una charla de escritura creativa, dije que la historia de los espías se iniciaba con obras como Miguel Stroggof de Julio Verne, pasando por la creación del agente secreto James Bond, personaje creado por Ian Flemming y que este personaje había surgido en plena guerra fría. Entonces pregunté casualmente, si alguien sabía lo que había sido la guerra fría y un joven estudiante contestó que se llamaba así, porque en la segunda guerra mundial, los soldados de Hitler habían muerto a causa del frío invernal. Me quedé asombrado y esperé a que por lo menos alguien se riera, pues como dije, parecía un chiste… pero nadie se rio, todos se quedaron tan impávidos, que sospeché que ninguno sabía la respuesta. Luego, en otro grupo, pregunté si alguien sabía por qué en Colombia existían dos departamentos con el mismo nombre: Santander del sur y Santander del norte, y descubrí que nadie sabía nada acerca del tema, ni del General Santander, ni que de su apellido provenían los nombres de los departamentos.

Por supuesto, que hoy también se desconoce el nombre de quien podría decirse, fue uno de los abanderados más grandes de las normas de urbanidad; se trata de don Manuel Antonio Carreño, el hombre que se atrevió a escribir un manual de comportamiento moral, social y espiritual para que los seres humanos viviéramos en armonía y con respeto; para convivir en la casa, en la calle, la oficina, el templo y en las diferentes situaciones de la vida. Digamos que sí, que la vida moderna nos ha llevado a ser diferentes, que los cánones morales y de comportamiento han cambiado, que hoy casi todo se vale y que muchas de las reglas de cortesía han desaparecido; pero insisto en que ser corteses no cuesta nada y un “buenos días” se constituye en el mínimo acto de civilización. A veces, cuando iniciaba mis talleres de escritura o lectura, entraban jovencitos que iban directo a la silla sin mirar siquiera quien era el profesor. Entonces yo decía: “Hola, buenas tardes” “Y algunos balbuceaban indiferentes un “buenas tardes” casi inaudible.

¿No suenan las campanas…o será que ya no tienen por quién?

Con nostalgia confieso, que quisiera escuchar nuevamente las campanas de la iglesia, que fuéramos más amables y que nos respetáramos tolerando la diferencia de pensamientos, creencias e ideologías políticas.

“Las campanas de la iglesia están sonando, anunciando que el año viejo se va”, es una frase que hace parte de la letra de la canción de Oswaldo Oropeza y que canta Néstor Zavarce; la escuchamos una vez al año cuando faltan cinco minutos para las doce y tal vez, es el único tañido de campanario que ahora podemos escuchar, y eso, que es por la radio y no invita a la misa, invita a abrazar a la mamá en medio de la fiesta y el jolgorio.

JOSE FERNANDO RUIZ PIEDRAHÍTA

Comunicador Social y Periodista Cultural.

 

EL DESAS RTE

Una sociedad sin valores

Por José Fernando Ruiz Piedrahíta

 

            Creo que alguna vez en mi vida yo viví el arte verdadero. Tengo la impresión de que pude ver obras pictóricas hermosas de una gran calidad. Tengo la sensación de que en algún momento escuché música bonita, con letras preciosas con enormes sentidos filosóficos, románticos o sociales. Creo y podría asegurarlo que alguna vez vi esculturas hermosas en bronce, hierro o concreto. Pienso que alguna vez el arte si fue arte y fue hermoso. Hoy me quedo mirando la ciudad y los espacios dedicados al arte y cada vez entiendo menos al arte, debe ser que no soy artista. Yo no sé si unas llantas usadas puestas en medio de un salón de exposiciones junto a vidrios rotos pueda ser arte. Una vez vi una colección de botellas de plástico de varios colores y tamaños sobre una mesa de constructor y nunca supe si eso era una obra de arte o que a la persona del aseo se le quedaron por fuera sus implementos. Una vez hace ya algunos años en casa de la gran artista Viviana Ángel Chujfi su hermana le preguntó:

            —Ole, eso es un cenicero o una escultura… para saber si echo ahí la ceniza del cigarrillo.

            En la casa de Viviana hay obras de arte en todas partes y hasta las cosas de uso común pudieran ser obras de arte. Igual pasa con la música las verdaderas obras de arte permanecen para siempre en lo musical, los grandes clásicos seguirán oyéndose gracias que son composiciones verdaderamente elaboradas con conocimiento musical para una inmensa minoría sensible a la buena música. Por tanto, esperpentos como el reguetón son como las botellas plásticas expuestas en una sala. Por supuesto que a muchas personas las botellas plásticas puestas de cualquier manera les pueden parecer una genialidad artística, de igual manera que a la inmensa mayoría le encanta el reguetón. Pero quienes saben apreciar la belleza del arte saben que ni las botellas plásticas ni el reguetón son arte de verdad. Escribir garabatos en los muros por supuesto está muy lejos de ser arte, pero muy cerca de vandalismo, sin embargo, se podría considerar arte aquellos dibujos que adornan muros públicos que no siempre son de buen gusto.

            El mundo ha cambiado nos sabemos si para bien o para mal. Eso es según la persona que lo aprecia y como cada uno de nosotros somos universos individuales, pues es muy difícil juzgar si para unos es bueno o para otros es malo. Los conceptos de vida han cambado también y aunque pareciera que el desarrollo humano es lo primordial, hemos olvidado los valores que nos harían mejores, por lo tanto, no hay mejoría en ello. Cambiamos lo moral por lo conveniente a cada ser humano, olvidando que ese bienestar puede afectar el mundo que nos rodea. Acabar con la fauna, la flora y la naturaleza no está bien, así sea para mejorar la calidad de vida de la raza humana. Los valores están conformados por las cualidades y virtudes que hacen parte de la conducta de cada persona y el comportamiento positivo que puedan asumir frente a las situaciones de la vida se le conoce como valores. Sin embargo, como el arte los valores han cambiado debido a múltiples factores como que las familias hoy se han vuelto disfuncionales, es común que los padres quienes son los primeros educadores se divorcien, las peleas entre esposos frente los hijos, la indisciplina y la incapacidad de los padres de hacer cumplir reglas sencillas de convivencia en casa. La presencia del alcohol y drogas en la vida de los hijos, la pereza de estudiar que los hijos muestran aduciendo que para ser rico no es necesario el estudio y finalmente cuando la familia se enfrenta a situaciones económica desfavorables. Nos enfrentamos a una sociedad decadente donde los anti valores se campean por nuestras calles ante la indiferencia de la autoridad (Gobiernos que amarran a la policía y los jueces). El robo, el dinero fácil del narcotráfico, los asesinatos, la trata de personas, la deshonestidad y la mentira recurrente nos han convertido en una sociedad malvada que se repite en todo el mundo, pues esto no es un fenómeno que se le pueda endilgar a nuestro comportamiento tropical y folclórico latinoamericano, esto está presente hasta en las sociedades desarrolladas en lo económico y social. Entonces si para algunos es válido el amontonamiento de botellas plástica en una sala de arte, también es válido aceptar los antivalores y la falta de moral y ética de muchos quienes nos rodean. Si una familia tiene valores religiosos y viven bajo las normas de sus creencias, entonces la sociedad los juzga de raros, porque hemos perdido el sentido espiritual, pues al declararnos en una sociedad laica, es decir sin religión, se ha desatado la maldad. Hemos recibido con los brazos abiertos los antivalores y hemos sacado del hogar, el colegio, la universidad y la oficina el concepto de Dios.  El éxito de la maldad está en que no creemos que existe.

Por eso existen los colores, dijo alguien refiriéndose a los gustos de cada uno. A unos nos gusta el azul a otros el verde, el rojo o el negro, lo mismo sucede con el arte que ha venido perdiendo su valor, los esperpentos puestos en las salas de exposiciones desdicen mucho del valor artístico, como una que vi en una sala donde el artista se auto fotografió sin ropas en posiciones aberrantes y justificando que el cuerpo es objeto de arte. O esas canciones que denigran de la mujer y que las mismas mujeres corean en los conciertos.

Esta es la sociedad del desasrte, palabra compuesta por desastre y arte. Creo en los valores, creo en la moral, ejerzo la espiritualidad, porque a pesar de lo que me rodea, deseo ser mejor cada día así crean que porque invoco a Dios y le alabo, soy raro. Sigo creyendo en el buen arte plástico y sigo amando la buena música y la buena literatura.

Amen.

 

LUCIO FULCI

El Profeta gore de la pandemia.

 

Iniciaba la década de los años ochenta cuando empezó a llegar un cine fuerte, desagradable y taquillero a Colombia: El género Gore el que recrea imágenes de alto impacto para que el público sienta nauseas. El malestar del espectador surge frente a monstruosidades realizadas por los protagonistas de las desventuradas historias que dejaban en el asistente una fea sensación de asco. En los años ochenta hubo un extraño despertar de la humanidad frente a la propuesta de un cine y literatura de lo oscuro y desagradable. George A. Romero fue el iniciador de una forma narrativa cinematográfica que escandalizó a más de un padre de familia cuando se enteraron de las “cosas” que sus hijos estaba viendo en las pantallas de los grandes cines ochenteros. Los zombis no son un invento directo de Romero, ya Bela Lugosi en su declive protagonizó películas como Zombi Blanco, una historia de Vudú en las islas caribeñas. Romero reinventó el término zombi y lo hizo popular en el mundo. Y detrás del genio de George A. Romero, uno de los reyes del cine de bajo presupuesto, vinieron docenas de imitadores afanados en evocar el éxito zombinizado las taquillas. Tenemos directores como Bruno Mattei, Lamberto Bava, Darío Argento, Ruggero Deodato, Andrea Bianchi y Sergio Martino quienes inundaron las salas de cine con millones de litros de hemoglobina vegetal y entrañas de puercos para lograr un rictus de horror en la gente que pagaba por ver aquellas horrorozidades cinematográficas.  

Ruggero Deodato vino a Colombia a rodar una película que vendieron como un documental y fuimos a verla convencidos de que unos infortunados periodistas habían sido víctimas del canibalismo de una tribu indígena desconocida del Amazonas, película del género lo que hoy conocemos como el Mockumental (De la palabra Mock que en inglés significa burla o al que también han llamado “Material encontrado”). No se imaginan la sorpresa que me llevé cuando conocí a al señor Germán Canal, quien fuera camarógrafo de Inravisión y que lamentablemente fue víctima mortal en un robo a su residencia en Chinchiná Caldas, y que en una conferencia dictada por él en la universidad católica de Manizales nos dijo que la película Holocausto Caníbal no era un documental, pues había estado como colaborador en el equipo de cámaras junto con Dioniso Chávez quien asistió en los efectos de maquillaje… ¡Plop!

Lucio Fulci estrenaba el mismo año en que se presentó la lamentable producción Ítalo-colombiana, una de las más horripilantes y vermífugas películas que pasara por las grandes pantallas del cine. Virus (título original) se realizó en Nueva York por todo un equipo de filmación traído desde Italia, con actores italianos que hablaban inglés. Muy similar a lo que sucedió en Colombia con Holocausto Caníbal.

 Fulci imitó el cine de Romero no cabe la menor duda, de hecho, Romero intentó demandar en varias oportunidades al director italiano, pero siempre pudo zafarse de los compromisos legales.  Fulci hizo muchas películas y logró que algunas llegaran a ser de culto como “Aquella casa al lado del cementerio” (Quella Villa accanto al cimitero – 1981), o  (Tu vivrai en el terrore: L’aldilà) “Vivirás en el terror la vida futura”, pero lo que más nos inquieta es que en Virus su película con muy mala traducción al español en su título (Apocalipsis Zombi) aborda el tema de un virus elaborado en un laboratorio que se extiende por el mundo. Qué raro… me pareció que un zombi se está riendo bajito.

El Contagio zombilizante se extiende por las mordidas de un infectado (Igual que la vampirización y la licantropía), pero la covidinización (Ser infectado por el Covid 19) se produce por las babas de otro o por el solo hecho de hablar con un infectado, pues ya se sabe es aéreo.  La mejor manera de evitar ser covidinizado es quedarse en la casa. En la película de Lucio Fulci vemos al final un espantoso desfile de zombis que entran a la ciudad de Nueva York a comer gente. En estos días de cuarentena he leído demasiado, he escrito mucho, he dictado muchos talleres y he visto muchísimas películas, no pude evitar comparar la entrada de los zombis a la capital de mundo con la imagen que nos muestran los noticieros de la gente imprudente que sale a la calle sin son ni ton. Lucio Fulci es como un profeta del desastre.

Las películas de gore de zombis son difíciles de ver. Hay que tener fuerte el estómago para resistir los vomitivos argumentos expuestos en color rojo sangre. El tiempo de confinamiento a causa del COVID 19 quedó atrás y nos dejó muchas tristezas pues fueron muchos quienes esta enfermedad se llevó a la tumba. También dejó cosas buenas como el que aprendimos a compartir en familia, nos reunimos de nuevos para conversar y convivir. A muchos nos obligó a trabajar desde la casa con el computador y a ser mejores cibernautas.

El cine explícito donde corren litros de sangre, donde no hay límites en el uso de recursos para conmover al espectador ha llegado a extremos como el goreporn donde se combina el sexo con el gore dando origen a la palabreja inglesa. A quienes amamos el cine no nos gusta este género, porque es la  peor forma de exhibición en sala o en plataformas streaming, pero si tiene muchos adictos que gustan ver correr litros de sangre, aunque no haya mucho que contar en la película.

 

 

JOSE FERNANDO RUIZ PIEDRAHÍTA

Comunicador social y periodista

mirollodecine@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

EL ESTRÉN

Para el domingo en misa de doce

Por José Fernando Ruiz Piedrahíta

De niño recuerdo que el país venía de luchas armadas y sangre debido a la violencia bipartidista, pero yo nada de eso sabía, lo único que me preocupaba eran los días que faltaban para el domingo y poder estrenar las botas de cuero y el buzo cuello tortuga azul con el pantalón a cuadros de terlenka. Había por los corredores de la Iglesia de Santa Teresita en Dosquebradas una niña de azules ojos y rubia cabellera que me llamaba la atención, aunque no estaba muy seguro para qué, porque éramos demasiado inocentes por aquellos tiempos y aún no teníamos claro cómo eran las cosas del amor. Pero deseaba que ella me viera con mi nueva pinta, ganada a pulso de estudios y trasnochos haciendo dibujos y resolviendo problemas matemáticos.

            Los estrenes por aquel entonces se reservaban para la misa de doce en la iglesia, por lo que siempre veía a las señoras muy elegantes con sus pintas nuevas y los señores con su sombreros y vestidos completos, por supuesto que los niños y las niñas también estrenaban. Era un tiempo en que la gente se ponía las mejores galas para ir a una fiesta, una primera comunión o para viajar en avión. Si, no se asombren, para viajar a Medellín por ejemplo en Aerocóndor los pasajeros se ponían los mejores vestidos porque era una ocasión muy especial viajar en avión.  Yo sufrí ese tiempo en que en unas vacaciones que no he olvidado, me pusieron pantalón de paño, saco de pana, camisa de popelina y corbatín de cauchito de color azul y roja; para ir hasta el aeropuerto Matecaña y viajar a la capital de Antioquia.

            En ese entonces los niños no teníamos permiso para escoger la ropa que nos poníamos, porque los padres tenían el absoluto control de nuestras vidas, como el deber ser. Un día me trajeron de regalo sorpresa, aunque nunca supe el motivo, unos zapatos, pero sabiendo que uno debía recibir lo que llegara, me alegré mucho con el regalo. Lo abrí esperanzado que fueran unas botas de caucho para poder pantanear en el invierno que nos estaba ahogando con tanta inundación. No era lo que esperaba; era el par de zapatos más feo que uno puede encontrar en la historia de la zapatería del mundo mundial. Eran de Charol, de color vino tinto con una cantidad de huequitos sin sentido y hebillas doradas. Jesús, como odié aquellos zapatos que mi madre me obligaba a ponerme para ir a las visitas, a la iglesia, al hospital a visitar a los enfermos porque mi madre gustaba acompañarlos debido a que era una de las obras de misericordia.

Esos zapatos eran indestructibles, hice hasta lo imposible por acabarlos, los arrastraba, los mojaba, los hundía en el pantano, jugaba fútbol con ellos para acabarlos, pero mi madre los lavaba, los lustraba y quedaban como para exhibirlos en la vitrina de almacén. Rogaba a Dios que se incendiaran y de hecho intenté prenderles fuego, pero me quemé los dedos porque no sabía manipular bien los fósforos y un encendedor era un artilugio que solo mi padre era el único autorizado de utilizar. Los escondí en lo más profundo del armario, pero como por arte de magia aparecían cuando mi madre anunciaba que íbamos a salir a una visita. Cuando iba a la misa de doce el domingo las niñas me miraban los zapatos y se iban a reír a la esquina y yo me ponía tan colorado de la vergüenza que mi rostro hacia buen juego con el odiado color de los zapatos. Pero por fortuna y gracias a Dios bendito, una tarde cualquiera en la que tenía puestos los espantosos zapatos, llegó una amiga ricachona de mi familia y mirándome los zapatos dijo con voz gruesa de fumadora empedernida

—Ehh Ave María doña Margarita… Pobrecito el niño con esos zapatos tan

feos.

            Mi madre quedó muda y no supo qué contestar, por lo que la admirable amiga continuó su monólogo

—A ver niño ¿qué zapatos le gustan?

—Yo quiero unas botas de caucho para poder salir a la calle a pantanear.

            Entonces dijo la frase que nunca olvidaré

—Claro papito… yo le regalo unos Panam bien bonitos.

            Pues si queridos amigos lectores, a los ocho días exactos llegó la matrona (Doña Olga) con las fabulosas, brillantes y negras botas Panam para niños, especialmente recomendadas para el invierno. Y los más increíble fue que una vez las saqué de la caja, la mujer dijo con tono solemne:

—Póngaselas mijo que afuera está lloviznado y mire a ver si le gustan.

—Es que hay que esperar para estrenarlas el domingo en misa de doce. Dije

tímidamente recordando la costumbre familiar. La señora se quedó mirándome para rematar diciendo algo que seguramente dejó muy sorprendida a mi madre y a mi padre que estaban presentes:

            —Qué va mijo… la ropa y las cosas buenas son para ya. Qué tal que usted se muera antes del domingo y no se las haya estrenado. Eso es una costumbre boba de la gente simplona.

 

            Las caras de mis padres pasaron de pálido a colorado en cuestión de segundos. No crean que fue fácil darnos cuenta los simplones que éramos, pero la lección más importante y que nunca olvidé y ahora sigo aplicando es que la vida es ahora, es ya o ya… y si compró unos zapatos nuevos que le encantan póngaselos en el mismo almacén y no espere a la misa del domingo, o la fiesta aquella para la cual se compró la pinta, póngasela ya… porque podría ser que no sobrevivamos para estrenarla en el evento, como le sucedió a una querida amiga de mi esposa quien tenía en su guardarropa una hermosa colección de pijamas, a cuál de todas más vistosa y fina. Cuando le preguntamos por qué guardaba tantas prendas de dormir dio una respuesta a la que no había como responder:

 

            —Yo las guardo para cuando esté enferma.

 

            Lastimosamente he de contarles que la querida señora murió con la pijama rota y deshilachada que usaba cuando estaba aliviada. Las hermosas prendas de dormir se quedaron en sus empaques, muchas de ellas sin estrenar.

 

            Después de ácido comentario de doña Olga, nunca más me obligaron a esperar al estrén dominical y otra cosa que cambió fue que de alguna manera empezaron a dejar que yo mismo escogiera la ropa o los libros que me gustaban.  Eran otras épocas donde la gente pensaba diferente y al día de hoy agradezco la educación que recibí en mi casa, pues comprendo que la verdadera guía de la vida está en el hogar, no en el colegio. Los niños desobedientes, irrespetuosos, groseros y dañinos que tanto abundan en los conjuntos residenciales o en los edificios de apartamentos son el resultado de la ausencia de educación en la casa. Así que no culpe al colegio, pues el colegio solo da conocimientos en diferentes ciencias. La buena educación nace en casa.

 

            No le dé vergüenza salir con la ropa nueva puesta del almacén, pero tenga cuidado de quitarle las marquillas, especialmente la del precio para que no salga mostrando que está estrenando y cuánto costó el estrén.

 

JOSE FERNANDO RUIZ PIEDRAHITA

Periodista cultural

Miembro de la Academia colombiana de historia, literatura y arte