DUNA DE FRANK HEBERT
Periplo
espacialmente cinematográfico
Imagen con
el anuncio de Duna en El Diario
Anno Domini MCMLXXXIV (1984)
Corría el cuarto año de la década
del ochenta, tenía el deseo de ver una película lo que implicaba “bajar” hasta Pereira,
pues en Dosquebradas no teníamos salas de cine. Por ese entonces no existían
los avances tecnológicos que hoy nos permiten estar enterados de todo, así que para
conocer la cartelera cinematográfica de la ciudad acudíamos al periódico El
Diario o La Tarde donde publicaban los estrenos. El que apareció para el 29
de agosto de ese año, anunciaba una película titulada Duna de David Lynch.
Pensé encontrar mucha “cola” para
entrar al hermoso teatro Capri de la carrera séptima con calles 16 y 17,
pero la taquilla estaba sola. Compré la boleta para ver la película de la que
no tenía ninguna referencia. Entré al teatro y pasé a la confitería antes de
subir los cinco escalones que llevaban directamente a la amplia sala de cine.
Compré lo de siempre: una bolsa de papitas fritas, dos barras de chocolate y un
vaso de gaseosa; con todas las golosinas listas, me senté en uno de los mejores lugares, de acuerdo a lo que
decía mi profesor Germán Ossa Echeverri, y era ubicarse al centro del teatro,
dos filas después de la entrada. Las sillas forradas con tela imitación cuero
de color azul, estaban rodeadas de una enorme cortina amarilla que encerraba la
pantalla tamaño cinemascope. Mientras esperábamos, sonaba el eterno disco de Franck
Pourcel con los mismos doce temas instrumentales. Estaba sentado con cuatro
o cinco espectadores más desperdigados en la amplia sala, porque en esos años
aún no se habían inventado las salas múltiples que hoy usamos para disfrutar
cine en pantalla gigante. Aún no había llegado el Betamax, por lo que,
si uno quería ver una película, tocaba desplazarse hasta el teatro. La cortina
amarillenta del hermoso teatro Capri se fue deslizando despacio y las luces
bajaron su intensidad mientras el tema musical “La Burrita” de Franck Pourcel
se apagaba. Empezaban los anuncios proyectados en diapositivas elaboradas sobre
un vidrio con mucho arte y diseño. Luego venia “El Mundo al Instante”
con las noticias del económicas, políticas, sociales y deportivas de Europa;
luego, algunos avances cinematográficos, y por fin, el logotipo de Universal
Pictures con la producción de Raffaella de Laurentiis. Empezó la película
con un intento de poner al espectador en contexto para que supiera que este era
un universo muy lejano en tiempo y espacio donde había dos casas disputándose
el control de un planeta llamado Arrakis, lugar que producía una droga única
en el universo.
Pasé
las dos horas y media asombrado con los efectos visuales, el sonido y la música,
pero del contenido no me quedó más que confusión, pues no entendí de qué se trataba
realmente. Vi batallas heroicas en las
que el protagonista se erigía como un dios para un pueblo sometido llamado los Fremen
y que luchaba valientemente con unos gusanos monumentales. Salí triste de la
película, y por las caras de quienes estaban conmigo, parecía que el
sentimiento era mutuo, y hasta escuché que una chica le reclamaba a su
compañero en el teatro, la pérdida de tiempo invertido en “semejante pendejada
que nadie entendió”.
Es
importante hacer saber a los jóvenes de hoy, que en esos años los computadores,
teléfonos celulares e internet, eran asuntos de la ciencia ficción y que
nosotros apenas teníamos teléfono fijo y un televisor al que le llegaba la
señal de un único canal en blanco y negro, por lo que deben entender que no había
otras formas de explorar al mundo más allá del periódico o las visitas a la
biblioteca pública, por lo que tardé mucho tiempo en descubrir que esa película
estaba basada en una novela de ciencia ficción del escritor Frank Herbert.
Salí
del colegio, intenté seguir una carrera, pero en ese intento había fracasado
porque la administración de empresas no era lo que anhelaba. Mi profesor de
ciencias sociales del colegio fue “el culpable” de que a mí me entrara el gusto
sobredimensionado por el cine, y me refiero al hoy crítico de cine y gestor
cultural Germán Ossa Echeverri, quien cada año realiza el Encuentro Nacional de
Críticos de Cine y al que muy generosamente me invita a hacer parte del grupo
de conferencistas.
Hace algunos meses iba con mi esposa,
hija y suegros, hacia Salento para pasar el día y ver artesanías; me llevé una enorme
sorpresa cuando en uno de esos almacenes encontré en DVD la película Duna de
David Lynch y sin pensarlo dos veces, la compré. En la noche pude ver con
detalle la historia. La entendí completamente y me dediqué a buscar la novela
hasta que la encontré en la librería Roma un poco ajada, pero legible. Fue todo
un descubrimiento entender cómo el autor de esta novela logra hacernos entender
que la historia sucede en al año diez mil ciento y tantos, en una galaxia que
contiene varios planetas habitados y que su modo de gobierno es imperial. La Melange
o Especie, es producida por los enormes gusanos que habitan el interior
del planeta desértico y permite a quien la consume, desdoblar la conciencia
para poder hacer viajes intergalácticos. No pregunten cómo se logra, porque
recuerden que la fantasía no necesita explicación. De esta novela se desprenden
cinco más que van explorando la vida, obra y milagros de Muad’dib, es
decir, del elegido como libertador y redentor del planeta Arrakis. Allí
hay algo mesiánico y religioso, pues Paul Atreides, el duque heredero,
tiene una madre especial; se trata de una Bene Gesserit que ha sido
entrenada en habilidades psíquicas quien se convierte en la guía espiritual del
pueblo Fremen.
Ha llegado este 2024, a las
pantallas locales, la segunda parte de Duna de Denis Villeneuve con Timothée
Chalamet y Rebecca Ferguson y he quedado más que sorprendido con la
belleza visual y sonora de una historia que se debe leer de manera muy juiciosa
si se quiere disfrutar de la belleza cinematográfica de esta producción. La
historia del cine ha dicho que estas dos películas (Duna 1 y 2) han superado
con creces a la mejor propuesta literaria llevada a la gran pantalla, que es Rita
Hayworth y la redención de Shawshank (Cadena perpetua) de Frank Darabont,
basada en la obra de Stephen King. Una respetuosa recomendación si se
anima a ver Duna, es no llevar a los niños, pues se aburrirán de lo lindo.
Vayan con la mente abierta para creer en el universo imaginario de Frank Herbert
y la maestría de Denis Villeneuve y disfruten de una de las mejores
películas realizadas en los últimos años en el género de ciencia ficción.
Larga vida Paul Atreides el
Muad’dib que es como un Jesús intergaláctico que hace de redentor en
un mundo muy… muy lejano.
JOSÉ
FERNANDO RUIZ PIEDRAHITA
Comunicador
social y periodista cultural
No hay comentarios:
Publicar un comentario