YA NO DOBLAN LAS CAMPANAS
Me
quedé mirando la torre de la iglesia y recordé que cuando era un pequeño monaguillo
tocaba las campanas anunciando la santa misa. Normalmente lo hacía en la misa
de 7:00 a.m. o de 6:00 p.m. y llegaba una hora antes, porque la actividad de
tocar las campanas era un verdadero rito. Si la misa era a las 6:00 p.m., el
primer toque se hacía a las 5:15 p.m., el segundo a las 5:30 p.m. y el tercero a
las 5:45 p.m. En el campanario había dos campanas, una de mayor tamaño con un
sonido más grave, y la segunda, más pequeña, con una nota más alta. Se tocaba
primero la campana menor ocho veces y luego la mayor, otras ocho; después, con
el mismo número de “jalones”, se tocaban las dos campanas emitiendo un hermoso
sonido que convocaba a la misa. La feligresía sabía cuál era el significado de
cada toque de campana. Por aquellos años
nunca supe que algún vecino se molestara por el sonido y jamás en la parroquia
donde servía de monaguillo, llegó alguna queja por el campanario. Hace ya
algunos años me he dado cuenta que las campanas de las iglesias se han
silenciado en la mayoría de los templos católicos de mi ciudad. Descubrí que
una señora en Ibagué demandó a la parroquia de San Francisco de la capital
musical de Colombia porque el toque de las campanas la molestaba, ya que vivía
a dos cuadras de la iglesia. La demanda no prosperó debido a que descubrieron
que la señora se iba a trabajar a la seis de la mañana, quince minutos antes
del primer toque y regresaba en la tarde después del último toque de la misa
vespertina; pero la verdadera razón de la demanda, era que la señora deseaba
construir uno osario tipo panteón en el jardín de la casa cural para depositar
allí los restos de sus familiares ya fallecidos, cosa que el párroco no apoyó,
por lo que la dama la emprendió contra el párroco y por ende, contra las
hermosas campanas del templo y ese, fue el inicio lento del acallamiento de los
tañidos en las iglesias.
Han pasado los años y veo con nostalgia que muchas de las
cosas sencillas que nos hacían felices y marcaban la vida de la comunidad, ya
no están. Las nuevas generaciones en muchos casos, no reconocen las costumbres,
además, cualquier actividad religiosa es sensible de ser sancionada, incluso,
el simple hecho de que en un barrio exista una capilla, al parecer, por ofender
a quienes no practican una u otra religión. Me tildarán de anticuado, pero
siento que ahora todas las cosas ofenden. Así como las campanas se fueron
callando por la intolerancia de quienes se ha sentido molestos por su sonido,
la escuela también fue sacando la historia, la geografías, la urbanidad ya no
existe y si por ejemplo, se le llama la atención a alguien por decir una grosería
en público o no saludar, se nos acusa de intervenir en el libre desarrollo de
la personalidad, lo cual puede generar traumas de comportamiento social y
comunitario haciendo que el sujeto no se adapte al entorno. Lo que contaré a
continuación parece un chiste, pero es real.
Una tarde, en la que dictaba una charla de escritura
creativa, dije que la historia de los espías se iniciaba con obras como Miguel
Stroggof de Julio Verne, pasando por la creación del agente secreto James Bond,
personaje creado por Ian Flemming y que este personaje había surgido en plena
guerra fría. Entonces pregunté casualmente, si alguien sabía lo que había sido
la guerra fría y un joven estudiante contestó que se llamaba así, porque en la segunda
guerra mundial, los soldados de Hitler habían muerto a causa del frío invernal.
Me quedé asombrado y esperé a que por lo menos alguien se riera, pues como dije,
parecía un chiste… pero nadie se rio, todos se quedaron tan impávidos, que
sospeché que ninguno sabía la respuesta. Luego, en otro grupo, pregunté si
alguien sabía por qué en Colombia existían dos departamentos con el mismo
nombre: Santander del sur y Santander del norte, y descubrí que nadie sabía
nada acerca del tema, ni del General Santander, ni que de su apellido provenían
los nombres de los departamentos.
Por supuesto, que hoy también se desconoce el nombre
de quien podría decirse, fue uno de los abanderados más grandes de las normas
de urbanidad; se trata de don Manuel Antonio Carreño, el hombre que se atrevió
a escribir un manual de comportamiento moral, social y espiritual para que los
seres humanos viviéramos en armonía y con respeto; para convivir en la casa, en
la calle, la oficina, el templo y en las diferentes situaciones de la vida.
Digamos que sí, que la vida moderna nos ha llevado a ser diferentes, que los
cánones morales y de comportamiento han cambiado, que hoy casi todo se vale y
que muchas de las reglas de cortesía han desaparecido; pero insisto en que ser
corteses no cuesta nada y un “buenos días” se constituye en el mínimo acto de
civilización. A veces, cuando iniciaba mis talleres de escritura o lectura,
entraban jovencitos que iban directo a la silla sin mirar siquiera quien era el
profesor. Entonces yo decía: “Hola, buenas tardes” “Y algunos balbuceaban indiferentes
un “buenas tardes” casi inaudible.
¿No suenan las campanas…o será que ya no tienen por
quién?
Con nostalgia confieso, que quisiera escuchar
nuevamente las campanas de la iglesia, que fuéramos más amables y que nos respetáramos
tolerando la diferencia de pensamientos, creencias e ideologías políticas.
“Las campanas de la iglesia están sonando, anunciando
que el año viejo se va”, es una frase que hace parte de la letra de la canción
de Oswaldo Oropeza y que canta Néstor Zavarce; la escuchamos una vez al año
cuando faltan cinco minutos para las doce y tal vez, es el único tañido de campanario
que ahora podemos escuchar, y eso, que es por la radio y no invita a la misa,
invita a abrazar a la mamá en medio de la fiesta y el jolgorio.
JOSE FERNANDO RUIZ PIEDRAHÍTA
Comunicador Social y Periodista Cultural.
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