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domingo, 14 de abril de 2024

 

ROJO NAVIDAD


Cuento de terror para esperar al niño Dios

 

            No es fácil soportar el continuo quejar de una persona enferma a quien los cuidados paliativos para el dolor ya no le son eficaces.  Los continuos gritos desesperados a causa de la dolencia empiezan a romper a las personas que deben cuidar al paciente. Nuestra madre llevaba ya seis meses postrada en cama soportando el dolor continuo que le causaba la enfermedad. Como no soy médico voy a ahorrar palabras en lo que la ciencia médica hizo o no pudo hacer. Las continuas visitas del personal sanitario que debería atender con inyecciones cada vez más fuertes eran ya recurrentes. Mi hermana se había librado de la tortura continua en la que se convirtió mi madre, cuando decidió irse a vivir a Europa con sus dos hijos y un esposo idiota que hacía todo lo que ella decía, pues era pusilánime y le interesaba solo el bienestar propio, pues mi hermanita era una mujer de buenos recursos económicos gracias a la pensión que recibía del estado. A ella no le tocó todo este proceso de dolor y desesperación. Pero jugó un papel fundamental a la hora de tomar la decisión más grande que una persona debe hacer en la vida como es aquella en la que el médico le dice a uno si autoriza a realizar maniobras de resurrección de una persona cuando se pone muy grave y hay peligro de muerte. Mi madre llegó a un punto tal de la enfermedad que una noche me dijo casi a gritos que deseaba la muerte, que no soportaba más vivir en esa condición de continuo dolor. La muerte era entonces la vía de escape para dejar de sentirse miserable por un cuerpo enfermo que la encerraba y la mantenía prisionera. El alma desea volar, liberarse de la carne que duele, suda y necesita ir al baño.

— Jure mijo que me dejan ir… yo no soy capaz de quitarme la vida, pero si llega el momento de tener que decidir por mí, diga que no me hagan nada… quiero irme lo más pronto posible… júrelo mijo… por Dios y por mí.

Juré que lo haría, pero la vida da muchas vueltas y llegó el momento en que su pobre humanidad no resistió más el dolor. Hubo que internarla en el hospital donde hicieron lo que se podía. En la tarde de ese día a mediados de noviembre el doctor me llamó a parte y me dijo:

—Su mamá está muy mal, la hemos inducido a un coma para evitarle más dolor, pero no creo que sobreviva a mañana. Debe tomar la decisión si desea que le hagamos maniobras de resurrección.

No pude hacerlo yo solo y llamé a mi hermana para que entre los dos llegáramos al acuerdo de dejarla ir, pues era suficiente el sufrimiento que había tenido que vivir.

—Cómo se le ocurre. Yo voy a viajar en quince días para pasar la navidad con ustedes y quiero que mi mamá esté bien para que reciba los regalos que le llevamos y que los niños la vean por última vez. Así que dígale el médico que la alivie para que pasemos navidad juntos ¿oyó?

Era como una orden perentoria a la que no podía rebatir. Así que le comuniqué al médico la decisión, pues lamento decir que yo también estuve de acuerdo porque me hacía ilusión que mamá pudiera estar con nosotros en navidad. Profundo error que no he terminado de pagar. Como ya expliqué no tengo mayores conocimientos médicos, pero lo que haya sido que hicieron en el hospital dio resultados. Mi madre despertó del coma con mayor dolor que aquel padecido días atrás. El médico me miró con desprecio:

—Egoístas. —dijo.

Mi madre fue dada de alta dando gritos de dolor y de rabia. Se sumaba la ira a su condición y fue recetada con morfina, lo cual calmaba un poco el sufrimiento. María Elena llegó a los quince días prometidos cuando las luces de la ciudad se encendieron dando la bienvenida a la navidad. La plaza de Bolívar, el parque el Lago, el de la libertad y la plaza Victoria lucían millones de luces que parpadeaban esperando la llegada del niño Dios. En el barrio las rumbas no daban descanso lo que para nuestra familia se convirtió en una tortura, pues mi madre no podía dormir y era necesario a veces ponerle más morfina. Mi hermana poco paraba en la casa porque se iba temprano para el centro comercial o para San Andresito a ver regalos y comprar cosas que su economía le permitía. Mi madre en uno de esos días de lucidez y bajo dolor se quedó mirándome y me dijo:

—Vos juraste que no ibas a permitir que me devolvieran a este mundo de asco a seguir sufriendo.

—Mamá… yooo…

—Cállate pendejo… No creo que pase el veinticuatro con ustedes, pero si llego a estar viva para esa fecha… yo si te juro que van arrepentirse y nunca más en lo que les quede de vida a ustedes dos volverán a disfrutar de diciembre. Y cuando me muera me entierran como a los buenos cristianos… ni se les ocurra irme a quemar…

La ira que brillaba en sus ojos me congeló el corazón haciéndome comprender que había sido un terrible error dejarla vivir en esas condiciones. Las navidades para nosotros fueron siempre un tiempo de alegría, de fiestas familiares con natilla elaborada por nuestra madre en una paila que poníamos en el patio y que entre todos mecíamos para que quedara bien espesa. La navidad fue para nosotros el tiempo de hacer el pesebre en un rincón de la sala, pues a mi madre le gustaba hacerlos grandes como en sus épocas de niña. El arbolito de navidad lleno de luces de color y bolas rojas que año tras año poníamos con peluches de muñecos de nieve, papás Noeles y la estrella dorada en lo alto del pino artificial. María Elena animaba a nuestra madre mostrándole la ropa que iba a estrenar, los juguetes comprados para Hugo y Luisito, la cena que había mandado a elaborar en un restaurante especializado en banquetes navideños. Mi madre la miraba con desprecio. Llegó el tiempo de la novena que rezábamos en el cuarto de nuestra madre porque ella no quería levantarse de la cama y menos comer buñuelos, natilla y gaseosa. Mi mamá no quería nada.

El veintitrés de diciembre cuando rezábamos la novena en su octavo día mi mamá empezó a toser. Se oía en su pecho la flema cada vez que se sacudía en los accesos de tos. Hacía un ruido espeluznante con la boca cuando intentaba tomar aire, era como el sonido de gorgoteo del sumidero de la cocina cuando se tapaba de desperdicios de la comida. Ya estábamos terminado la oración al niño Jesús que es la última de la novena cuando empezó el episodio que nos obligó a llamar a la ambulancia para llevarla al hospital. Me fui en la ambulancia acompañándola porque mi hermana no quiso dejar los niños solos en la casa, así que mi cuñado se fue detrás de nosotros en el carro alquilado por ellos mientras estuvieron de visita. A mi madre la ingresaron de urgencias y allí le hicieron las maniobras necesarias para aliviarle. La pusieron en un cuarto con otros pacientes y yo me quedé en la silla para acompañantes. Oía que su pecho burbujeante en cada inspiración y como un lamento breve y suave salía de su boca con cada expiración. Pasaron las horas con ese ruido característico de las salas de urgencias donde el ir y venid de enfermeras, médicos y pacientes nunca termina. Salí a buscar a mi cuñado que estaba en el carro esperando alguna razón de la condición de mi madre. Le resumí lo mejor que pude la situación y bebimos café de máquina. Le dije que se fuera a descansar que me quedaría cuidándola, pues ella dormía por fin. Álvaro se fue y regresé al cubículo dende mi madre dormía al parecer plácidamente como hacía mucho tiempo no lo hacía. Todo empezó a ir mal desde el momento en que vi que un líquido espumoso y verduzco salía por las fosas nasales de mi madre obstruyéndole la cánula respiratoria. Me acerqué un poco más para asegurarme que estaba viendo algo anómalo y el olor a podredumbre me golpeó la cara haciendo que me retirara con el sabor de la bilis en la garganta. Salí corriendo pidiendo auxilio por el pasillo lleno de pacientes sin poder evitar el chorro de vómito que salía de mi boca y nariz. La gente que estaba cerca salió huyendo mientras dos enfermeras me auxiliaban y el personal de aseo corría con los traperos para limpiar el desastre. Logré decir a las enfermeras que mi madre estaba muriendo, así que el médico de turno entró a la habitación rápidamente a prestar ayuda a mi madre, pero salió nuevamente con cara de tragedia en el rostro.

—Hay que sacar a los otros pacientes porque la señora tiene una fuerte rinorrea.

Luego supe que eso era cuando salen líquidos infecciosos por vía nasal, los pulmones de mi madre se estaban saliendo por su nariz empeorando su situación mucho más. Esperaba que todo acabara pronto y que por fin ella descansara de tanto sufrimiento, pero a veces el destino es cruel y nos deja un poco más para purgar en este mundo los errores cometidos por nuestro egoísmo, falta de juicio y tolerancia. Mi madre, lamento decirlo, no murió esa madrugada. Dios o el diablo quisieron que se quedara un día más para nuestro desespero porque mi madre no murió con tranquilidad en el sueño bendito de quienes se van apagando poco a poco yéndose despacio con una sonrisa en los labios y murmurando bendiciones para los que se quedan con el corazón tranquilo de una buena muerte.

Mi madre murió maldiciéndonos, entre gritos de dolor y lágrimas de angustia. El veinticuatro de diciembre a las diez de la noche, cuando en muchos hogares reina la felicidad, donde en muchos hogares empiezan la cena de noche buena, donde en muchas casas abren los regalos y los niños gritan de felicidad; mi madre expiró mirando a mi hermana y a mí con un odio tan profundo que aún hoy me amarga la vida. No hubo fiesta navideña, ni cena, ni entrega de regalos, ni abrazos; nada de nada. Esos dos días de agonía de mi madre la consumieron de tal manera que cuando nos estregaron su cuerpo no era más que un esqueleto forrado con piel machada por la edad. Sus ojitos se habían hundido en las cuencas del cráneo y su boca se había quedado abierta en un último grito de dolor y desespero. María Elena llevó un vestido verde tornasolado que había comprado en un centro comercial para regalarle a mi madre en la navidad y que le sirvió de mortaja porque yo no quise que le pusieran el hábito de carmelita que solían ponerle a los muertos en ese tiempo. El día de la navidad enterramos a mi madre en el cementerio San Camilo de Pereira, cuando íbamos en el coche fúnebre aún se podían ver los restos de las fiestas nocturnas, niños que estrenaban sus triciclos y bicicletas nuevas traídas por el niño Dios. Nosotros en cambio asistimos a la misa exequial en la parroquia de los Dolores adjunta al cementerio y acompañamos el féretro hasta su última morada en una de los largos corredores donde mi madre había comprado hacía muchos años una bóveda. Allí quedó puesto su cuerpo devastado por la enfermedad.

            Llegó el fin de año sin fiesta, ni deseos de bienaventuranzas para el año nuevo, tampoco abrazos ni uvas. Tuvimos que soportar el ruido de la cuadra y oír las felicitaciones y abrazos mientras tratábamos de pasar esos días de tristezas. Mi hermana se fue para Europa a mediados de enero del nuevo año así que la acompañé al aeropuerto para despedirla junto al esposo y los sobrinos. En el momento del último abrazo estuve tentado de culparla a ella por el dolor causado a nuestra madre, pero mejor me guardé la amargura en el corazón esperando que ella misma se diera cuenta que nada de esto habría pasado si fuera menos egoísta. La vi entrar al avión por el túnel de pasajeros quienes casi corrían a su destino y la perdí de vista cuando con su esposo e hijos finalmente se marcharon.

Paso el tiempo como suele pasar en su carrera loca hacia adelante, los meses se iban yendo con sus semanas, días y horas. El recuerdo de nuestra madre me asediaba minuteramente, pues todo en casa recordaba su presencia, los olores del límpido cuando pasábamos el trapero, el olor que salía de las parrillas cuando asábamos las arepas y últimamente un fuerte olor a natilla que se esparcía por toda la casa sin que nadie estuviera removiendo un mecedor. Faltaban dos meses para que llegara diciembre y la verdad temía el momento de sacar nuevamente el árbol, las figuras del pesebre y los adornos que ponía nuestra madre en las puertas, pues con mayor fuerza recordaba los acontecimientos pasados en la época decembrina. El tiempo es inexorable y no se detiene   por lo que el mes de la dicha llegó por fin con las luces adornando nuevamente la ciudad con figuras y colores diferentes al año anterior, pero en esencia lo mismo. Mi hermana pocas veces llamó y cuando estaba cerca la primera semana de diciembre en una de esas escasas llamada dijo que no vendría a casa en esta navidad, pues según ella mi cuñado tendría que trabajar en el ayuntamiento de la ciudad donde residían. No quise contradecirla, pero me di cuenta por el tono de su voz que se sentía culpable por todo el desastre causado hace un año.

Sacamos el árbol a en la segunda semana de diciembre y empezamos a ponerle las luces, las bolas, los peluches y demás adornos. Estaba poniendo una bola roja de buen tamaño y me vi reflejado en ella con la deformidad natural de la esfera, pero la sangre se heló en mis venas, pues al lado de la figura contrahecha de mí mismo, estaba la figura de mi madre. Casi dejé caer la frágil bola de vidrio e instintivamente giré la cabeza para ver si alguien estaba a mi lado, pero estaba solo en la sala. Nos dimos cuenta del olor a natilla porque la vecina un día pasó frente a nuestra casa y nos dijo con alegría.

—Ojalá este quedando bien buena ese natilla… Hum, huele delicioso, por la tarde traigo uno buñuelos y hacemos un compartir… Chao…

Yo no estaba haciendo natilla, ni buñuelos. Algo en el sub consciente me hizo recordar que ese olor se extendía por la casa cuando mi madre hacía el natilla en el patio cuando estaba en vida. Fui casi corriendo hasta la parte de atrás de la casa casi esperando ver el fantasma de mi madre removiendo con el mecedor la natilla que giraba lentamente en la paila, pero allí no había nada más que las materas viejas y alguna ropa extendida que se secaba al sol.

 

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