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domingo, 14 de abril de 2024

 

BALAS Y FANTASMAS

Un cuento de terror “para escuchar”

            Un mundo sórdido, oscuro y mal oliente es el que recuerdo de la música popular que sonaba en las cantinas que empezaban a rodear nuestra casa en un barrio tradicional de Pereira. El barrio estaba en un sector residencial donde los vecinos nos conocíamos y convivíamos en paz y con seguridad, pues nunca hubo hechos de violencia que perturbaran la tranquilidad de la vida barrial hasta que en una mala hora abrieron en el lote frente a mi casa una cantina construida con guaduas y techo de zinc. Allí se daban cita prostitutas y hombres que sólo tomaban licor y escuchaban música de corte popular que solíamos llamar música de “puñalada y media”. El lugar empezaba a atormentar la tranquilidad desde las cuatro de la tarde hasta bien entrada la madrugada. No solo era el atronador volumen de la música; se sumaban también los gritos de las mujeres, las peleas diarias de borrachos, los insultos y la continua visita de la “bola” que era la patrulla de la policía de aquella época, que venía a requisar a los clientes. Desesperados, los vecinos solicitaron al dueño del antro que por lo menos le bajara el volumen a la música que allí sonaba con intensidad infernal. El dueño por su puesto se negó y adujo que tenía todo el derecho de ganarse la vida y que tenía el permiso de la alcaldía para desarrollar su actividad económica.

            Horror… empezaron a ponerse de moda canciones que sin ningún pudor usaban malas palabras, insultos y dramas que invitaban a la violencia. La música empezaba a desdibujar sus mensajes con palabras violentas y desagradables que se convirtieron en el fondo musical de nuestras vidas. Este espanto duró casi seis meses, en los que la tortura era diaria de domingo a domingo. Nadie descansaba en ese antro, ni los meseros, ni las mujeres que servían las mesas, ni el que ponía la música. Mi padre, a quien le había costado levantar nuestra vivienda, empezó a decirnos que estaba viendo unas casas en otro barrio porque ya era imposible vivir allí. Sentí enorme tristeza por la posibilidad de perder a mis amigos y empecé a suplicarle a Dios que nos hiciera el milagro para que algo pasara allí, que obligara a cerrar el malhadado negocio. Mi Dios oye siempre a los niños, los borrachos y los bobos. Seguramente quiso oír mi súplica infantil, aunque la forma no fue la que esperaba.

La bulla como siempre había empezado temprano en la tarde y el saludo del que pone los discos en la cantina fue una canción con madrazo incluido, lo que ya nos dejaba ver que el infierno abría sus puertas para engullir a las pobres almas desbocadas sin Dios y sin ley. No pasó mucho tiempo y empezamos a escuchar los gritos de las mujeres que allí trabajaban por una pelea que se había suscitado, seguro por celos, mientras las rancheras hablaban de darle balazos a la amada y romperle la espalda con las tablas de la cama. Varias muchachas de faldas muy cortas salieron corriendo del bar dando alaridos, y detrás de ellas, algunos clientes que aprovecharon la gresca para volarse sin pagar los tragos. Adentro, una voz masculina pedía auxilio pues estaba herido y ya “la bola” anunciaba con su sirena que estaba cerca. Los policías atendieron el caso, pero el agresor había escapado calle abajo.

Los testigos, les dieron a los policías la descripción del que se “voló”, y fue capturado cerca del río a varias cuadras de nuestro barrio.  Con suma alegría vimos llegar al inspector que se había sentado con su máquina de escribir para atender la situación y con su voz recia dijo:

—Este bar queda cerrado hasta nueva orden.

Los vecinos mostraron su sonrisa de satisfacción; por fin podríamos descansar. Y así fue que el paraíso volvió a nuestra calle por solo tres días. Estaba sentado en mi habitación que daba a la calle, al frente del malhadado antro, cuando escuché el sonido de las cadenas que aseguraban la puerta de garaje del bar, y presintiendo que la paz se acabaría, me asomé para comprobar con decepción que el dueño del bar abría nuevamente el negocio y que las tres mujeres que allí atendían también entraban a arreglar las mesas y con ellas, una chica muy joven y hermosa que nunca había visto. Sortearon entre ellas quien iba a limpiar la sangre seca del piso. La nueva se llevó el premio y sin rechistar, se puso en la ingrata labor de pasar la fregona sobre el charco seco de sangre negruzco. La música empezó de inmediato con más volumen de lo acostumbrado, seguramente por la rabia que tenía el dueño contra los vecinos, pero esa noche escasearon los clientes. Mi madre estaba desesperada con el ruido, los vecinos empezaban a reunirse en mi casa para tomar medidas drásticas y acabar con el lugar que estaba convirtiendo a nuestro barrio en un sitio peligroso. Vi como tipos sin mayores miramientos daban dinero a las meseras para que se dejaran tocar, inclusive a ella, la joven bonita. Vi malandrines vendiendo lo que supuse era marihuana, la única droga que se conocía por esos años. Desde hacía varias semanas se apostaban en la esquina de mi casa grupitos de jóvenes a fumar y beber descaradamente haciendo escándalos, lanzando improperios e insultos a los parroquianos. Pasaba la patrulla y todos desaparecían como por arte de magia y una vez se iban, los malos volvían. Habíamos perdido definitivamente la paz y la tranquilidad.

Ya contábamos un mes desde la re apertura del bar. Mi padre nos dijo una noche que había tomado la decisión de mudarnos de la casa porque era insoportable la vida después de las cuatro de la tarde. Yo no quería irme de allí a pesar de la desgracia diaria de ese bar tormentoso, pues con los amigos del colegio salía a jugar y a intercambiar revistas de aventuras. Estaba triste por la posible mudanza, cuando desde mi ventana logré ver que tres hombres se bajaron de un carro en medio del ruido de la música grosera. Se sentaron cerca de la entrada en una de las mesas y pidieron el aguardiente con pasantes. Dejé de mirar, porque sí o sí tenía que hacer la tarea. Oí que llegaron más hombres y escuché las voces de las chicas recibiendo a los clientes. A fuerza de oírlas supe que la joven se llama Rosalba.  Yo me concentré lo mejor que pude en la operación aritmética cuando oí las voces que se elevaban hasta llegar a los gritos y ustedes ya saben que “la curiosidad mató al gato, pero la satisfacción de saber lo resucitó”. Los tres hombres que había llegado primero se habían levantado de la mesa y se estaban peleando por una de las chicas, por la más joven, por aquella que había lavado la sangre seca del primer herido en el bar y que me había sorprendido mirándola porque era muy linda. Rosalba estaba pálida y muy asustada, escondida detrás de las mujeres que la defendían de uno de los hombres. El dueño del antro les pedía que se fueran, así, sin pagar el licor y los pasantes. Entonces, de un momento a otro, uno de ellos sacó una pistola y empezó a disparar contra sus dos compañeros de copas y contra el dueño. Los otros dos también sacaron las suyas y yo me tiré al piso. Oí a mi madre gritar en la sala y escuché las carreras, gritos, maldiciones, cosas que caían en medio de los tiros. Dos balas pasaron por mi ventana donde hacía menos de diez segundos estaba fisgoneando la escena. Salí de la habitación gateando y temblando me lancé a los brazos mi madre.

—Dios, santo, fuerte… Santo inmortal líbranos de todo mal —oraba mi madre temblando también.

Luego el silencio… los llantos de las mujeres y el quejido de algunos que estaban heridos. A lo lejos, la sirena de la policía anunciaba su arribo hasta que oí que los agentes se bajaron gritando que nadie se moviera. No era necesario asomarse, las voces y los sonidos eran suficientes para describir la escena. La policía tomó el control de la situación. Tres muertos, dos de los hombres que habían llegado primero y Rosalba que había causado la pelea. El corazón se me encogió dentro del pecho cuando oí los gritos de una de ellas que pronunciaba su nombre. Los agentes entraron en las casas de los vecinos investigando qué habíamos visto u oído. Sacaron dos proyectiles de mi habitación y por fin un juez determinó que el bar se cerrara definitivamente. La desgracia de unos, es la bendición de otros. Para el dueño, las meseras y quienes trabajaban allí fue el fin. Para nosotros, fue recobrar la tranquilidad. Volvimos a oír el canto de los grillos en la noche y así durante mucho tiempo. La muerte de Rosalba me puso triste, pues odiaba verla en ese trabajo infame.  

Una tarde oí con extrañeza que un camión grande llegaba con incomprensibles artilugios al mismo sitio. Aprovechando el lote abandonado y la vetusta construcción donde habían muerto tres personas, A alguien se le ocurrió poner allí una ciudad de hierro. Un parque de atracciones mecánicas. Pusieron una rueda de Chicago con seis canastillas, un tiovivo con cuatro maltrechos caballos en posición de salto, unas feas y deslustradas tazas de café para dar vueltas hasta el mareo, una pista de tiro al blanco, un castillo del terror, la taquilla y el puesto de algodón de azúcar. En menos de dos días el gran parque de atracciones estuvo listo. Y arrancó un nuevo tormento. Allí el ruido era peor, no había música popular, grosera y ofensiva, pero los casetes con los mismos temas grabados empezaban a enloquecernos. El rechinar lamentoso de los juegos se volvió la nueva banda sonora de mi vida. La función empezaba a las tres de la tarde y terminaba a las nueve de la noche. Los gritos de los niños en el castillo del terror eran tan puntuales que ya sabíamos el horario: a las siete, a las ocho y a las nueve en la última función. El parque era exitoso, mucha gente venía de las veredas, de otros municipios a montar a sus niños en los juegos mecánicos.  Empecé a tener alucinaciones porque en varias ocasiones, vi sentada en una de las canastillas de la rueda de Chicago a Rosalba, con un trapero y un recipiente lleno de agua sangre, que me miraba con lágrimas rosadas que bajaban por su mejilla pálida y seca. Una noche me habló y me dijo con una voz burbujeante “Lo siento”.

No volví a mirar por la ventana por temor a verla de nuevo dando vueltas y vueltas con su trapero ensangrentado; además, esa imagen fantasmal no era el mejor recuerdo que deseaba tener de ella.

Nos estábamos acostumbrando a la bulla de la feria cuando una noche, a eso de las siete, cuando los niños gritaban dentro del castillo del terror, se sumaron a las exclamaciones otros gritos diferentes. Tenía palco de privilegio para ver pasar la vida frente a la ventana por lo que fui testigo de cómo la rueda de seis canastas con espacio para dos personas se desprendía de su eje y quienes gozaban de la atracción, salieron volando por el aire para caer de mala manera en el suelo fangoso.

Por fortuna la rueda no era muy alta y el hecho de ser impulsada por la fuerza muscular de los que trabajaban allí, había disminuido el impacto de lo que pudo ser una tragedia, pero sí hubo huesos rotos, contusiones y mucho miedo. El parque tuvo que pagar los daños y aunque no cerraron de inmediato, la gente dejó de ir. En menos de quince días escuché que volvió el enorme camión y sin necesidad de asomarme a la ventana, intuí que estaba recogiendo los restos de lo que seguramente fue la última función del parque de atracciones.   

Cuando nos mudamos, el lote siguió baldío. Ahora, cuando paso por el frente de lo que fue nuestra hermosa casa, veo ese lote que nadie usa, ni se compra, ni se vende. Hace pocos días pasé muy cerca de ese sitio que me traía tantos recuerdos extraños, pero esta vez alguien trapeaba el pasto crecido con una fregona enrojecida que escurría de un balde lleno de un líquido extraño color rosa oscuro; era una mujer de mi edad que levantó sus ojos muertos, me miró fijamente y sonrió con su boca negra, llena de dientes musgosos.

 

JOSÉ FERNANDO RUIZ PIEDRAHITA

Comunicador social y periodista

 

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