SE ME PERDIÓ LA CADENITA
Mi primer baile, pero no mi primer beso
Pedíamos permiso para todo. Nunca
imaginábamos solicitar autorización para quedarnos en la casa de un amigo
cuando nos invitaban a una fiesta. Jamás pasó por nuestra cabeza siquiera
pensar que podríamos ir con la novia a un paseo a la costa con quedada los dos
solos. No. Jamás. Nunca. Imposible.
La primera vez que fui a una fiesta pedí permiso para
asistir con ocho días de antelación, con recordatorios diarios, soportados con las llamadas de los padres de
algunos amigos que andaban en las mismas mías, es decir solicitando avales para
que nos dejaran ir a la bendita fiesta que no era más que un pequeño bazar
parroquial con empanadas y gaseosa que tenía como fin recolectar recursos económicos
para arreglar el pequeño proyector de cine y así pasar películas de corte moral
y religioso los viernes en el patio de la casa cural. Imagínese la zanahoriéz
de la reunión. Yo ya tenía novia, pero en mi casa aún no sabían y pensaba cómo
abordar el tema y decirles que yo ya estaba grande y que tenía novia y que
podía ir a fiestas barriales, paseos y al cine. Por supuesto que no estaba
grande, era un niño de apenas quince años que empezaba a asomarse a los abismos
del amor donde podía caer en profundas desesperanzas, pues acaso no se dice que
¿no hay amor más intenso que el primero o por lo menos inolvidable?
Pues me dieron permiso, pero solo si me acompañaba a
la fiesta mi madre. ¿Se imaginan? Había planeado bailar con mi novia y besarla
en medio de alguna canción, así como en las películas, pero el baldado de agua
fría aún faltaba, pues a ella también le dieron permiso para ir, pero con su
padre. Así que de besos y abrazos nada.
Ay qué fiesta. El patio de la casa cural había sido
dispuesto con mesas de salón de bingo con mantel blanco e incómodas sillas
plegables de madera que solíamos llamar aplana nalgas. El padre dispuso
dos cornetas de amplificación para la música y la venta de empanadas con gaseosa.
Trago no se vendía porque iban muchos jovencitos como yo. Allí llegué con mi
madre y ella llegó con su padre y en un momento de suma incomodidad le dije a
mi madre que ella era mi novia y que el señor que la acompañaba era su padre y
ella le tuvo que decir a su papá lo mismo, pero al revés es decir novio con
novia y novia con novio y también de hombre a mujer del mismo modo en el
sentido contrario. Finalmente, mi madre y su padre se saludaron y se sentaron
con nosotros en una de las mesas. Pedimos una bandeja de empanadas y gaseosas y
entonces el que pone los discos, puso un casete con el estreno del momento: Se
me perdió la cadenita en la voz de Lucho Argain y la Sonora Dinamita. Era el
año 1978. Entonces le pedí permiso al padre de ella para sacarla a bailar y
temblorosos los dos salimos al centro del patio parroquial y por primera vez
sentí el cuerpo de una mujer cerca de mí. Por su puesto también fue la primera
vez que bailé con una chica real. Ella me dijo al oído que era su primera vez
también.
Qué hermoso.
Pedí permiso a mi madre para pedirle permiso al papá
de ella para que me diera permiso de ir a visitarla y el señor le dijo a mí
madre que le daba permiso para que yo le hiciera visita. Éramos muy respetuosos
con nuestros padres y considerados con ellos. Porque nosotros los de nuestra
generación si cumplíamos eso de honrar padre y madre que además era mandato
divino. ¿Cómo fue entonces que nuestra generación que tanto temió a sus padres
ahora tememos a nuestros hijos? Los hijos de nuestra generación al parecer
crecieron sin Dios ni ley. Nos llenamos de miedo de castigar a los hijos porque
resulta que nos podían demandar. No se les puede llamar la atención porque
entonces estamos vulnerando sus derechos… enderezar el camino de los hijos es
una tarea que los padres perdimos en las cortes y en la ley, porque con ese
cuentico de que hay que dejar que se desarrollen su personalidad y que tiene
derecho a escoger su propio desarrollo, perdimos la autoridad que como padres
se supone deberíamos tener. Ahora los chicos se van sin decir para donde y no
se les puede preguntar porque no es asunto de los papás. No se les puede
advertir sobre malas amistades porque resulta que nos tachan de viejos retrógrados
y mucho menos decirles que lleguen temprano porque eso vulnera su libre
desarrollo.
Te extrañamos mucho doctor Chancleta.
Este doctor fue el mejor psicólogo que jamás existió
(Aquí pueden gritar los psicólogos y si desea puede abandonar esta lectura).
Con este profesional nunca nos perdimos en locuras y supimos bien quienes
éramos; nos enderezó el camino y que yo recuerde a mí si me dieron algunas
veces mi correazo y amigos les confieso nunca me ha dado por convertirme en
asesino serial, violador, corrupto o criminal. Por el contrario, recordando las
enseñanzas y correctivos que mis padres me impusieron, estos hicieron de mí y
de millones de ciudadanos de mi generación mejores personas. Lástima que
estamos atados para enderezar a nuestros vástagos, tan irrespetuosos, ofensivos
e ignorantes. Qué pocos chicos hoy se han criado como corresponde a una
sociedad que pueda convivir si atropellarse. Lastimosamente nuestros jóvenes
adolecen de conocimiento, de sentido de pertenencia y de respeto por lo demás. Si
no respetan a sus padres, menos respetarán a las personas ajenas a su entorno
familiar. Pobres hijos presa fáciles de reclutadores de la violencia que se
campean largos años por las universidades camuflados de estudiantes con aspecto
de catedráticos de los viejos que están o de amigos inmorales sin valores que
los inducen fácilmente al consumo de estupefacientes. Pobres hijos que
crecieron sin las enseñanzas morales o espirituales porque esos asuntos de Dios
son puras güevonadas de viejos pendejos y lame ladrillos.
Nunca se me perdió la cadenita, siempre la tuve
conmigo como recuerdo de que la vida no es fácil, aunque creamos que lo es
gracias a las absurdas leyes que nos inundan y dejan libres a delincuentes y
enfermos peligrosos en las calles. Yo no creo en ese cuento chino y reforzado
de que uno nace y la sociedad lo hace. Nada más lejos de la verdad. Uno nace y
la familia lo va orientando hacia el bien, pues no es lógico que a una persona
la críen para el mal… aunque como está este mundo nada raro sería.
Carmen se me perdió la cadenita
Con el cristo del nazareno
Que tú me regalaste
Que tú me regalaste
Carmen por eso no voy a olvidarte
Si ahora te llevo dentro
Muy dentro de mi pecho
A ti y al nazareno
A ti y al nazareno
Y mientras sonaba la canción en la cinta del casete.
Yo olía su perfume mientras pensaba qué sería de nuestro futuro, si es que iba
a ver algún futuro como lo soñábamos, con tecnología y armonía, nunca
sospechamos que llegaría el día que un delincuente tuviera más derechos que un
ciudadano común y corriente. Hoy muchos años después frente al teclado del
computador habría de recordar esa canción cuando mi madre me llevó al baile del
patio de la parroquia y el perfume de aquella novia, a flores en su cabello
negro ensortijado.
JOSÉ FERNANDO RUIZ PIEDRAHÍTA
Comunicador social y periodista
Miembro Honorario Academia Colombiana de historia,
literatura y arte.

No hay comentarios:
Publicar un comentario