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martes, 5 de mayo de 2020


CATARSIS
Para sacar el demonio que tengo dentro
José Fernando Ruiz Piedrahíta


            Los demonios que llevamos dentro hay que sacarlos como sea. Algunos golpean una pared, un saco de arena, lloran a pulmón herido o ahogan sus penas en un bar como la canción de Billy Pontoni. Yo necesito sacar un pequeño demonio que llevo dentro hace muchos años y lo voy a compartir con ustedes.
            Era el año 1992. Hagan cuentas, hace 28 años. Era feliz escribiendo cuentos, crónicas y pequeñas novelas de ficción, fantasía y supuestas leyendas sobre entes surgidos de la noche y de los profundos misterios de aquellas conversaciones oídas de labios de mi abuela.  Escribía sobre mundos inexistentes y maravillosos donde no existía la enfermedad, el hambre o la infelicidad. Era feliz pensando que algún día podría publicar tales escritos para goce de la humanidad tan agobiada y doliente. Creía que podía escribir acerca de vidas esplendorosas y divertidas mientras con mucha agilidad golpeaba las pesadas teclas de la máquina de escribir que producía un delicioso ruido con cada golpe sobre el papel; era música para mí. Un día llegó a mis manos una convocatoria para concursar presentando una novela de ficción. Envié un escrito que abordaba la temática de un mundo post apocalíptico en el que la raza humana había perdido su lucha contra una enfermedad y que de manera extraña había realizado cambios en el mundo animal, pues nuestros compañeros de vida irracionales habían recibido el don de la inteligencia gracias al virus mutante. (Bendito aquel o aquella que dijo: La fantasía no necesita explicación)
Mi novela de ciencia ficción pura y dura, llegó a manos de los jurados después de pasar por todas las exigencias de la convocatoria y yo estaba feliz de haber compartido un escrito tan especial. Pasaron las semanas y un día me llamaron por el teléfono fijo para que me pasara por la biblioteca pública a recoger el veredicto del jurado. El corazón me palpitaba enloquecido dentro del pecho. Llegué a la recepción del templo del saber y recibí una carta en la que constaba que mi gran novela había sido revisada, registrada y…rechazada. Tenía notas de cada uno de los jurados. Leí temblando los dos primeros conceptos que me aterrizaron a la realidad, pues aducían muy sabiamente que la novelita tenía muchos errores de redacción, gramática y ortografía, pero que aun así era interesante. Uno de ellos alcanzó a poner la palabra ingeniosa a modo de pequeño aporte al novel escritor.
El tercer jurado si me mató.
Sí. Me mató abruptamente.
Puso que mi escrito ni siquiera era un asomo a novela, que era una especie de bazofia de palabras sin sentido sobre un tema ridículo e inverosímil, pues según él, en Colombia no se podía escribir sobre fantasías y mucho menos sobre hecatombes apocalípticas donde la raza humana salía perdiendo su entereza. Decía el malhadado jurado, que en Colombia era mejor escribir sobre la violencia bipartidista, sobre los crueles asesinatos generados en la guerra de los mil días, sobre cómo los poderosos se estaban robando el país, sobre los narcotraficantes, las familias olvidadas, la pobreza de una nación que no resiste vampiros, alienígenas y exterminios absolutos. Quedé de una pieza. Las piernas me temblaban y el corazón me dio un vuelco en el pecho y he de confesar, que me senté solito en medio del parque Olaya Herrera a llorar en silencio. La ira que esas palabras sembraron en mi alma, aún la siento. Según el tercer jurado, habíamos perdido el tiempo en Colombia leyendo a Edgar Alan Poe, a Julio Verne, a Borges, a Tolkien, García Márquez, Tomás Carrasquilla, Ray Bradbury, Howard Phillps Lovecraft, Machen, Le Fanú, Maupassant, Bécquer. Según lo que le entendí al jurado, la lista de gente tonta escribiendo estupideces imposibles es demasiado grande. Cosas locas como un hombre al que se le ocurrió inventar un submarino, o aquel que escribió sobre una comarca donde vivían unos personajes pequeños que lucharon contra dragones, qué cosa más boba. Y qué me dicen de un tal Tolstoi que inventó una historia imposible de creer sobre la guerra donde hay demasiados personajes. Qué tonto haber perdido tanto tiempo escribiéndolas y que bobos nosotros los que las leímos.
Sí, mi novelita era demasiado mala. Estaba mal escrita, con demasiados adverbios y demasiados adjetivos. Muy al estilo de los malos escritores, aquellos que ponen cosas como: “La hermosa mujer de cabellos color trigo en los que el sol destellaba feliz al atardecer, estaba envuelta en un grueso abrigo de piel donde el viento gélido y grisáceo de invierno intentaba penetrar y erizarle los poros. Su cabellera dorada como el trigo ondeaba en medio del largo y tortuoso camino” Con razón los jurados me mandaron a freír espárragos y eso lo he aceptado toda la vida. Lo que siempre me dio una rabia santa fue el hecho de que este jurado, lamentoso cóndor insepulto, asegurara de manera tan despectiva que en Colombia solo se puede escribir de costumbrismo, violencia y dolor. Por pensamientos como este hemos olvidado a grandes escritores colombianos de la fantasía y la ciencia ficción como German Espinosa que se atrevió a poner en letras de molde un libro con cuentos de relatos futuristas. Otro gran colombiano que se salió del listado de los que escriben solo de la violencia colombiana fue José Félix Fuenmayor quien fuera miembro del grupo de Barranquilla al que perteneciera Gabriel García Márquez y quienes se dedicaron a escribir fantasías por fuera de las realidad colombiana. Y un gran escritor de ciencia ficción sobre alienígenas fue M.F Sliger que pareciera ser uno de esos escritores españoles de la época del bolsilibro o novela popular, pero no, es colombiano y escribió un curioso libro en 1936 bajo el título Viajes interplanetarios que tendrán lugar el año 2009.
Y ni hablar de escritores colombianos dedicados al terror, por ejemplo. Aquí la violencia y sus horrores se ha vuelto la manera de comprender el género terror, y los pocos casos de escritura en este estilo literario se han sepultado entre tanta noticia aterradora que nos muestran los diarios del país. Sin embargo, que los hay lo hay: 13 relatos infernales de tres autores colombianos, ellos son Álvaro Vanegas, Esteban Cruz Niño y Gabriela Arciniegas. Muérdeme suavemente de Fernando Gómez, sobre un apocalipsis zombi.
Carolina Sanín escribió una novela de terror en Colombia titulada Los Niños sobre realidades metafísicas que tocan fácilmente el thriller. Y otra escritora colombiana que se sumergió en el tema vampírico con extremado éxito es la caleña Carolina Andújar con su novela Vampyr, ambientada en el siglo XIX y que se desarrolla en Europa al estilo del cuento gótico Draculesco.
Sí, mi novelita era muy mala, pero era distinta. No quise seguir escribiendo. Olvidé en un rincón apartado la hermosa máquina de escribir que acumuló polvo durante muchos años. Se me pasó la gana de escribir sobre vampiros, zombis, alienígenas, diablos, dioses, ángeles, monstruos…y me dediqué a escribir sobre la realidad colombiana, pero me cansé rápido porque no me hacía feliz. Así que un día, mandé al carajo al jurado aquel y me dediqué a escribir crónicas divertidas sobre la vida, el amor, la juventud, los vampiros, zombis y alienígenas, quienes según un Gurú que conocí este año, se van a mostrar al mundo. Por ahí vimos al gobierno norteamericano mostrando videos oficiales sobre avistamientos de objetos voladores no identificados que hoy pueden ser fácilmente drones… o quién sabe, de pronto el pobre Moulder no estaba tan loco (El policía de Archivos Secretos X de la serie de Chris Carter).
Ya no me duele el alma, porque sé que muchos están escribiendo sobre temas que ya hemos superado. Colombia y el mundo entero se enfrentan ahora a un asunto que sí parece sacado de los libros de ficción y los que alguna vez escribirnos sobre fantasías imposibles, sonreímos un poco, aunque con cierta culpa, cuando nos acordamos de aquellos escritos locos sobre alienígenas, virus, zombis, enfermedades apocalípticas y demás. Esperemos que el virus que hoy tiene en cuarentena al mundo entero, se vaya pronto. Mientras tanto,  una forma de invertir bien el tiempo, es leyendo. Le invito a leer porque las horas pasan más rápido y deliciosamente. Y como por ahora no puede ir a la biblioteca pública Ramón Correa Mejía de Pereira, ingrese al internet y busque libros gratis. Hay muchos. Por ejemplo, mi libro Crónicas de Pantalón Corto que está gratis por estos días en Amazon.
Feliz lectura para todos.

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