LA MATERIA OSCURA.
Nadie sabe qué es y
para qué sirve
Por José Fernando Ruiz
Piedrahíta
La novia del estudiante nunca será
la esposa del profesional, decían los mayores cuando uno empezaba a asomarse a
los avatares del enamoramiento. No ha sido fácil para la gente de nuestra
generación ver a ésta caer en un abismo de inmoralidad, bajos instintos y
aborrecibles prácticas que nuestros viejos, mejores hombres y mejores mujeres
que ahora, nos advertían sobre los desvíos y desvaríos del alma que sin freno
se iban a galopar por regiones atiborradas de peligros. Los dichos de los
viejos son sabios como una pequeña filosofía al vuelo llena de ejemplos
válidos, aunque a los chicos de hoy no les guste o les parezca, porque
finalmente hacen lo que se les da la gana bajo la égida de un derecho a ser y
comportarse. Un libre albedrío que nos sume en un sofisma de distracción para
justificar las locuras de este tiempo y la enorme estupidez de una sociedad
como ovejas bobas que por donde se va una, se van todas. Mi abuelita decía con
mucha sorna que algún día serían las mujeres quienes persiguieran a los hombres
y cito textualmente la cantinela:
“Y llegará el día en que ellas a ellos perseguirán,
y ellos a los árboles se subirán
Y les dirán: Bajate Pedro, bajate Juan…
Y ellos ni por el diablo se bajarán”
Ya es realidad. Hemos perdido los
valores, la moral y hemos sacado a Dios de las escuelas, de las universidades,
de las mismas iglesias. Hoy cualquier perico de los palotes puede
demandar a un estamento del gobierno si dentro hay una capilla. Es el triunfo
del mal que anida en esos corazones áridos, desérticos y secos que abundan por
las calles. Es el triunfo del mal, hacernos creer que no existe, que todo es
producto de la misma sociedad que como caldo de cultivo reacciona a los
catalizadores que le rodean. Hace unas noches atrás escuche la conversación de
un anciano que profería improperios contra el gobierno, contra las mujeres,
contra las leyes, contra Dios, contra el demonio, contra su propia mujer,
contra sus propios hijos… y mientras hablaba lanzando sapos, serpientes y
cucarachas por esa boca que seguramente usa también para tomar leche, pensaba
qué mal era el que le había llegado para que estuviera tan rabioso contra el
mundo. Siempre nos han dicho que la vejez es un tiempo de paz, de serenidad,
pero no es cierto también hay ancianos amargados por la vida y hay niños
también amenazados y furiosos por los adultos que les rodea. Hay amargura, hay
dolor y tristeza en la vida de muchas personas, pero a cambio también hay
alegría, esperanza y triunfos en muchas otras. Es la dualidad que nos tocó
vivir. Estamos y no estamos, somos y no somos, así de simple y de sencillo. La
otra noche no hace mucho estuve en una conferencia de científicos donde
analizaban la eterna pregunta de donde estamos y que somos. Y hablaron de
partículas, de átomos, de materia oscura, de docenas de conceptos donde la
ciencia ha puesto el ojo, pero nunca hablaron del milagro perpetuo de vivir,
porque ellos luchan contra el vacío de Dios. En sus almas no reside la luz
divina y creadora. Solo la vaciedad sempiterna de un cosmos que se mueve y se
aleja a millones de kilómetros por segundo. Y es que somos tan pequeños, tan
ínfimos que aún nuestra cabeza no ha podido comprender el misterio de la
creación. Hablan con suma propiedad de la materia oscura, pero aún no saben de
qué está hecha. Este es el mundo que nos tocó vivir, porque hay dos cosas que
el ser humano no puede escoger y son su nacimiento y su familia. Pues aquí
estamos en este mundo conviviendo con una humanidad agobiada y doliente como
reza en alguno de los gozos de la novena de aguinaldos de fray Fernando Larrea,
que a propósito ya pasamos y que en ella
renovamos las esperanzas de un mundo mejor.
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